Por: Lorenzo Madrigal

La vida, claro, es sagrada

Aunque no sea obligación del articulista escribir y opinar sobre todas las cosas fatales del país o del mundo, me siento en mora con los niños del Caquetá, vilmente masacrados. No encontré y no encuentro qué decir o agregar a mil condenas que han llovido, ni cómo expresar el pánico y el gran desaliento que producen caídas como ésta de la conducta humana.

No sé de algo tan horrible que haya ocurrido en los distintos contextos bélicos de nuestro medio, desde la violencia liberal-conservadora, de los cuarenta y cincuenta, pasando por la desalmada guerrilla y la brutal respuesta paramilitar, ya en nuestros días. Sin descartar los actos de la delincuencia común y de más de una locura criminal.

¿Llorar? no siempre se llora. Aquí puede más el espanto que la mera lástima. Uno se asoma y ve a unos padres atendiendo a sus pequeños, sonriéndoles, jugueteando, desentendidos de la noticia trágica que conmovió al país, porque por fortuna no ocurrió con sus hijos, que son su propia vida. Es un egoísmo de autoprotección, apenas humano. Quienes ya no son padres de pequeños, tal vez tengan más calma para pensar en la barbaridad de haber sido suprimidas aquellas vidas, que iluminaba la niñez y el despertar biológico.

Otros miran con ira ciudadana la injusticia manifiesta, fruncen el ceño y reclaman la acción del Estado. No faltan quienes, en medio de todo, tienen algo de compasión con los propios victimarios, producto como son de su marginalidad rastrera y hasta de algún genoma hereditario.

Y finalmente los hay, mental y públicamente represivos, que piden la máxima pena para los autores del miserable acto. Viene entonces la propuesta reiterada de desarticular un Estado de Leyes y el desvarío por producir un castigo eficaz, visible, vengativo. No son ellos los más dolidos, sino los más policivos.

La pena de muerte no tiene lugar en Colombia. No sólo porque la prohíben las convenciones americanas y la Constitución Nacional, sino porque es el mayor atentado que se pueda cometer en contra del ser humano en sociedad, de la cual no recibió precisamente la vida. “La vida es sagrada”, como reza la consigna muy escueta y pura del profesor Mockus, cuya marcha por la vida deslustró, en su afán proselitista, el Gobierno Nacional.

Se reporta otra masacre de niños en Atlántico. Como si esto no tuviera fin. Alimento de los noticieros del crimen, en los que casi son un alivio las noticias políticas, como las espantosas que llegan de Venezuela, donde se instaló, ahora sí, la más patética dictadura, aquí no más, a un tiro de piedra del Estado colombiano.

La tímida voz del presidente Santos y la más débil aún de su señora canciller tratan de no aturdir los oídos del dictador garante de nuestra paz negociada.

 

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