Por: Andrés Hoyos

La vida de los libros

Los gurús del futuro discuten con gran intensidad sobre las vigas de armada de la educación del futuro, cuando al parecer las formas de trabajo serán muy diferentes de las actuales, y han decantado unas bases inalienables: las matemáticas, las ciencias y las tecnologías derivadas, la lectura y la escritura. Cualquier bachiller, con el obvio sesgo de su inclinación personal, deberá tener bases sólidas en estos cuatro pilares, aunque se incline por alguno.

Por estos días se abre en Bogotá la Filbo 2019, dedicada según la tercera y cuarta letras de su nombre a algo crucial para dos de estos cuatro rigores —los libros—, pues son esenciales para la lectura y no existirían sin la escritura. Las proporciones, claro, divergen: casi todo el mundo debe leer, mientras que escribir para un amplio público es accesible solo a una minoría.

Los libros son y no son mágicos. Tomemos, por ejemplo, el estancamiento de la educación pública en Colombia, que exige una dramática reingeniería. Hay consenso sobre su necesidad, si bien no sobre en qué consiste. En el mundo abundan los debates relativos a la promoción oficial de la educación. Por ejemplo, se discute la viabilidad de emigrar del tradicional subsidio a la oferta —cuando el Estado organiza sin costo una educación primaria y secundaria obligatorias y una terciaria de bajo costo—, al subsidio a la demanda, en la que la gente puede escoger la educación que prefiera, pagándola mediante vouchers o vales. Ambas soluciones pueden ser gratis o muy baratas y hay partidarios de ambas. No existe un consenso mundial en la materia.

Sin embargo, el sistema se ve mucho más viable si se aplica a los libros. La gente podría recibir vouchers y vales para comprar libros o material impreso diverso, incluidas publicaciones periódicas —hasta para pagar suscripciones digitales— dejando que los editores se agarren a cachuchazos para atraerlos.

En oposición a estos esquemas están la izquierda y la derecha arcaicas. La izquierda porque odia cualquier cosa que haga uso de la competencia para asignar recursos. Para ellos lo único digno es que, sin pasar por el mercado, el Estado los provea según su arbitraria voluntad burocrática. ¿Que los resultados son pésimos? De malas. Y la derecha se opone porque cree que el Estado no debe dar nada gratis a nadie, ni siquiera algo tan benéfico como unos libros o un material de lectura. Propongo que solo el centro, que ahora anda en subienda en Colombia, entiende los beneficios descritos.

De todos modos, está comprobado que una de las razones para el fracaso de nuestra educación pública es que al Estado no le alcanza la plata para entregar libros sueltos a los estudiantes, una carencia que contribuye mucho a que se les enteque la cabeza. ¿Tan venenosamente costosos son? No, para nada, cuestan más o menos lo mismo que otros elementos necesarios. Claro, los burócratas se figuran que poner un profesor frente a unos alumnos sin hambre y no amenazados de muerte basta. Error. Se requieren catalizadores, en particular los libros, para potenciar esta relación. No sobraría que los profesores estuvieran mejor formados y tuvieran menos apego a sus pliegos de peticiones, pero eso vaya y venga. Claro que hay que pagarles bien, aunque tiene todo el sentido que parte de su ingreso dependa de los resultados. Ni modos de que acepten esto último.

En fin, los libros siguen siendo esenciales para la vida en sociedad y a eso se dedica la Filbo.

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