Iván Duque es el nuevo presidente de Colombia: Marta Lucía Ramírez, su vicepresidenta

hace 4 horas
Por: Piedad Bonnett

La vida entera

LA CÉLEBRE PREGUNTA LIGHT SObre qué salvaría usted en un incendio, si su biblioteca o su perro, se convirtió tristemente en realidad para los habitantes de las torres del edificio Space en Medellín.

No puedo imaginarme nada más tenso y dramático que esos cinco minutos que les fueron concedidos a sus propietarios o a sus inquilinos, uno por cada apartamento, para que sacaran lo que a bien tuvieran. Leímos en las crónicas que los que se decidieron a entrar a la torre 5 se despidieron con abrazos de los que quedaban afuera, pues se temía —y se sigue temiendo— un colapso de la estructura, como había sucedido ya en la torre 6. Podemos imaginarnos a ese valiente que entra y en medio del silencio amedrentador de la torre abandonada busca en lo que hasta entonces fue su hogar lo que considera fundamental: ¿ropa?, ¿papeles?, ¿joyas?, ¿un disco duro?, ¿el juguete del niño? Cómo eligió cada uno es algo que inquieta, pues es duro tener que elegir, por lo que significa como renuncia o sentido de las prioridades. Ni qué decir lo sucedido a los habitantes de la torre 6, que evacuaron a medias sus pertenencias antes de que ésta se derrumbara. Porque su pérdida es irreparable.

En su libro Las cosas, George Perec, el escritor francés muerto en 1982, relató la existencia de una joven pareja, Jerôme y Sylvie, a través de los objetos que van adquiriendo a lo largo de sus vidas. Aunque en buena parte lo que el autor quiso fue mostrar el proceso de aburguesamiento de sus personajes en una sociedad que nos tienta con múltiples ofertas, también señala, de paso, cómo las cosas pueden llegar a ser prolongación de nosotros mismos, cómo proyectamos en ellas nuestro gusto, pero también nuestros afectos. Y es que, en parte, en lo que poseemos reside nuestra memoria. En esos apartamentos debió haber bibliotecas, hechas con voluntad y esfuerzo. Y es posible que algunos de esos libros estuvieran subrayados, es decir, que tuvieran marcas reveladoras del pensamiento de sus lectores en otros años. También, muy seguramente, música: canciones que hablaban a sus dueños de alguna época feliz. Y fotografías: de seres queridos que ya murieron, de lugares visitados, de las distintas etapas del crecimiento de los hijos. Y cartas, escritas a mano o en computador. Por ahí oí que uno de los damnificados se lamentaba de haber perdido una firmada por Nelson Mandela. Y fruslerías, de esas que amamos; yo pienso en las mías: en mi colección de fotos de escritores de otros tiempos; en los jugueticos de cuerda de latón que adornan mi biblioteca; en mis exvotos, en el pocillo en que tomo té desde hace tantos años… Cosas como esas fueron las que perdieron las víctimas de Medellín. Sí, víctimas: de errores gravísimos, que están por dilucidarse. De irresponsabilidad, terquedad, negligencia, arrogancia e insensibilidad.

Perder la casa, con todos los enseres adentro, equivale a perder el centro de apoyo, a ser expulsado de un segundo útero. Es, simbólicamente, quedar a la intemperie. Así lo vivirán los niños, pues según dicen los expertos, este será para ellos un trauma difícil de superar, y muchos adultos. Y esos golpes emocionales no lo indemniza ningún dinero.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett

Cuidado con las palabras

Por el respeto

Una cárcel que redime

Sobre el voto útil

Presencia a medias