Por: Héctor Abad Faciolince

La vida es un viaje

La metáfora de la vida como un viaje, o como un camino (“Nel mezzo del cammin di nostra vita…”) es muy vieja, pero es bastante cierta, como lo pueden ser muchos lugares comunes. A veces esta metáfora, sin embargo, deja de ser metáfora y se vuelve literal: en algunas personas la vida es un viaje, literalmente, un viajar que no cesa. Así ha sido, así es la vida de Santiago Gamboa, quien acaba de publicar un libro de viajes que es, en cierto sentido, una autobiografía escrita con los zapatos, o mejor dicho con los pasos, los ojos y el oído de su eterno viajar.

Ciudades al final de la noche —ese es el título del libro de Gamboa— consiste en una serie de crónicas de ciudades organizadas por regiones: Suramérica, Europa occidental, Medio Oriente, Sudeste asiático, Lejano Oriente, etc. Basta entrar en el libro para darnos cuenta de que el autor, más que viajero, ha sido un “vividor”, no en el sentido figurado, sino en el sentido (otra vez) literal del término: Gamboa ha vivido (vivir, creo yo, es pasar más de un año) en numerosas ciudades: Madrid, París, Dehli, Roma, Bogotá… y más que al corazón de las tinieblas, el autor se ha acercado a ellas al final de la noche, que es otra manera de decir, también, al amanecer. Al final de la noche porque no se ha dormido en una vigilia de lectura, de amor o de farra, o al final de la noche porque se madruga a coger un bus que lo llevará al último pueblo perdido donde vivió Rimbaud.

Muchas de las novelas de Santiago Gamboa (El síndrome de Ulises, Necrópolis, Plegarias nocturnas, Volver al oscuro valle) se han nutrido de estos viajes reales para convertirlos en ensueño y en ficción. Los viajeros de sus libros provienen, sin duda, de los interminables viajes del autor. Un poeta suicida, un hotel, un amor pasajero, una calle, se quedan en la memoria y se transforman en cuento. Es muy interesante ver cómo estas semillas de la experiencia se convierten luego en los árboles frondosos de la novela. Las crónicas de Gamboa, leídas con esta luz, pueden verse como los restos diurnos que aparecen en esa especie de sueño que pueden ser las novelas.

Las relaciones entre escritores nacidos en un mismo país y que escriben al mismo tiempo no suelen ser las mejores. Los celos profesionales, la competencia por saber quién es el niño mimado de los editores, la lucha por conquistar el corazón de los lectores, la bobada de competir por quién es el más invitado a esas ferias de vanidades que son los festivales literarios, o por saber quién tiene más traducciones o más ceros a la derecha en los anticipos, todo esto produce, en algunos, una increíble sed de insultos y de agravios personales. Los ejemplos abundan.

Con Santiago Gamboa he tenido la suerte de tener una amistad sincera y sin fisuras, ajena a la envidia y a la maledicencia. Como nunca hemos vivido al mismo tiempo en la misma ciudad, hemos estado siempre juntos “on the road”, durante un viaje, lo que le ha dado a nuestra amistad ese renovado entusiasmo de estar en movimiento y descubriendo cosas nuevas. A veces, al final de la noche, en algún bar de hotel, hemos hecho planes para escribir a cuatro manos un libro sobre los mejores bares del mundo para beber, o los mejores cafés para conversar. Los proyectos no se hacen para realizarlos, sino para alimentar las ganas de hablar sobre ellos y pensar que el futuro no se acaba nunca.

Recuerdo que en alguno de esos viajes compartidos Gamboa me dijo, citando a un peruano: “Tú te has pasado la vida tratando de empezar una nueva vida”. Creo que al leer este libro viajero de Santiago, un afectado por el síndrome de Ulises, es posible decirle lo mismo: es él quien ha buscado, en todas las ciudades donde se ha quedado, una vida distinta, un escape a la monotonía, una manera de no repetirse. Y qué bueno, porque estas crónicas viajeras y literarias nos muestran la inteligencia y la sensibilidad de un escritor que ha sabido convertir su vida en viaje, y su viaje en historias inolvidables.

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