La vigencia de la filosofía para pensar las violencias de género

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Por L. Nataly Bello López

El confinamiento obligatorio al que nos expuso la pandemia por el COVID-19 ha agudizado un problema siempre existente en las sociedades: la violencia de género. Las cifras y demandas crecen y, claro, las muertes de mujeres también. Sin embargo, no quiero fijarme en el proteccionismo homicida que implica estar en casa expuestas a múltiples violencias, más bien me interesa pensar relacionando la actualidad social y política colombiana: por un lado, la violación de una niña indígena de 13 años por parte de siete miembros del Ejército Nacional, las denuncias de acoso y abuso sexual contra el reconocido director de cine Ciro Guerra, así como las denuncias de acoso sexual contra el alcalde de Medellín, Daniel Quintero; y, por otro, la posible consolidación y legitimidad de la cadena perpetua para violadores de niños y niñas.

¿Cuál es la relación de la política colombiana con la experiencia de sufrimiento de las víctimas de acoso y abuso sexual? Para esto me gustaría poner en vigencia las Tesis sobre el concepto de historia (1940), del filósofo alemán Walter Benjamin. En este texto no solo se encuentra la crítica al historicismo científico moderno contra el cual Benjamin escribe, también es posible leer una propuesta de su materialismo histórico y, en el interior de ese, una propuesta política que tiene como referente el sufrimiento de las víctimas.

El filósofo español Manuel Reyes Mate, experto en la filosofía benjaminiana, aborda este asunto en relación con las víctimas de violencia política, conflictos armados y guerras. Me interesa leer dicha propuesta política de Benjamin a la luz de aquello que llamo “la realidad colombiana”, y tengo como punto de partida el presupuesto del mismo autor que vincula realidad y verdad, a saber: “Que nada se pierda”; la realidad es el todo, contarlo todo y pensarlo todo. Lo que quiere decir detenerse también en las experiencias concretas de los sujetos, en las experiencias de sufrimiento.

Antes de dar paso a lo anunciado es preciso adelantar una respuesta a la posible aparición de preguntas que cuestionarían la pertinencia de hablar del sufrimiento o, como diría Theodor Adorno, de “dejar hablar al sufrimiento”. El mismo Adorno proporciona la respuesta previa: no hay fundamento racional para el imperativo de la no repetición del sufrimiento, el fundamento o el argumento de su pertinencia es en sí mismo el sufrimiento. Adorno dice que tratar de fundamentar este mandato de no repetición es monstruoso, por eso para él la única fundamentación es Auschwitz; para este texto sugiero que el carácter fundante de la ética del imperativo de no repetición es el sufrimiento mismo de las víctimas de acoso y abuso sexual en la realidad actual colombiana.

El Estado colombiano, como representación del orden de legalidad, fija a través del derecho ciertas normas políticas que se insertan en su sociedad, por ello acude a la cadena perpetua, por ejemplo, como acción punitiva para restablecer el orden que se desestabiliza frente a la no coincidencia entre la vida del pueblo y las leyes. Ahora, ¿cómo entender estas prácticas políticas desde el sufrimiento? Walter Benjamin habla de la memoria para cuestionar, por ejemplo, el orden estatal que se reafirma a partir de las modificaciones constitucionales que pretenden aprobar la cadena perpetua para violadores de niños y niñas.

La memoria consiste en atender a la experiencia de sufrimiento de las víctimas como transformación del presente, es decir, acciones políticas para “redimir” el derecho de todo sujeto y garantizar que el sufrimiento no se repita. El problema es aún más robusto cuando se le exige a la política que en su agenda debe estar el sufrimiento de las mujeres víctimas de abuso y acoso sexual. En Colombia la respuesta a las víctimas es la cadena perpetua para los verdugos. Atención a esto: la repuesta a las víctimas es la disposición de los verdugos. Por mucho que cueste, dice Reyes Mate, es necesario distinguir entre la responsabilidad de los verdugos y la prescripción de la injusticia en el tiempo.

Las implicaciones políticas de la memoria, que hace presente el sufrimiento de las mujeres víctimas de ese tipo de hechos de violencia, consisten en hacerle ver a la política actual que está fundada sobre el olvido o que es una política del olvido porque no entiende la vigencia del sufrimiento, en tanto que las acciones de transformación no garantizan que dichas violencias no vuelvan a ocurrir.

“Dejar hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad”, es la demanda completa de Adorno en su imperativo. Cuando las víctimas testimonian, y hay otros dispuestos a escuchar, no se puede restar importancia a la falta de efectos prácticos que tiene el encarcelamiento de los verdugos en la prescripción de la injusticia, de ahí que su experiencia sea irredimible, porque la injusticia prescribe en el tiempo y las medidas contra el verdugo no garantizan que las violaciones y los acosos no vuelvan a suceder. De acuerdo con Walter Benjamin, lo que uno puede pensar es que de no ser apelada la propuesta de la cadena perpetua ante la Corte Suprema de Justicia, lo que se pone en evidencia una vez más es que el presente de la vida política y social está construido sobre la insignificancia del sufrimiento de las víctimas.

No es posible dar zancadas políticas hacia medidas que se siguen construyendo sobre las injusticias; la memoria del sufrimiento de las mujeres víctimas de estos y otros hechos de violencia se yergue sobre ese tipo de iniciativas punitivas “salvíficas” que no resuelven los problemas estructurales de las violencias de género.

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