Por: Reinaldo Spitaletta

La violencia

Tras una reciente relectura de la novela “Cóndores no entierran todos los días”, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, publicada en 1971, vuelven otra vez las imágenes de la Violencia en Colombia. Un fenómeno que, desde los tiempos del Bogotazo (para no ir más atrás), se mantiene en el país, con variación de actores y, por supuesto, con nuevas y numerosas víctimas.

Después (y antes) de León María Lozano, bautizado por la revista Life como el Cóndor, el jefe de los “pájaros”, el mundo violento colombiano se ha ido como “perfeccionando”, si el término valiera para referirse a estas épocas de horror que aún no terminan y que, al contrario, parece continuarán por muchos años en este territorio de inequidades y otras desgracias.

La bicentenaria Colombia ha tenido en su historia muy pocos momentos de calma. El siglo XIX estuvo atravesado por guerras civiles, la última de las cuales, la de los Mil Días, dejó como resultado, aparte de miles de muertos y batallas pavorosas como la de Palonegro, la caída del liberalismo. Los últimos estertores de esa ideología se dieron con la rendición de Uribe Uribe y Benjamín Herrera, que arriaron las banderas de ese partido, que en el siglo XX sufrió honda conservatización y olvidó sus postulados esenciales. Esa mentalidad de la violencia, que ha sido exquisitamente novelada, entre otros, por García Márquez, Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo y el citado Álvarez Gardeazábal, se ha perpetuado en el país. Y uno de los axiomas que han quedado de ella es la de resolver mediante la violencia los conflictos sociales y políticos, lo cual nos ubica en la tétrica región de los bárbaros.

La nuestra ha sido una historia de magnicidios, como los de Gaitán, Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, etc., pero, a la vez, de masacres y hordas criminales, como las narradas por Gardeazábal en su maestra obra sobre el Cóndor Lozano. Una historia por la disputa de tierras, en las que los intereses de enormes latifundistas se han impuesto frente a la mayoría de campesinos despojados. Una historia increíble en la que hubo guerrillas liberales, que incluso se les salieron del control a las oligarquía capitalinas, y después la aparición del bandolerismo.

Aparte de las “repúblicas independientes” y de los bombardeos patrocinados por los gringos en parte del territorio colombiano, como ocurrió en Marquetalia, el Pato y Guayabero, en la historia después de los sesentas aparecieron los carteles de la droga, las mafias del narcotráfico, que han sembrado de espanto al país. Con ellos se instaló un nuevo estilo de terror, que dejó una estela de sangre. Asesinatos selectivos, carro-bombas, la muerte de periodistas y dirigentes políticos, de sindicalistas y defensores de derechos humanos…

¿De dónde nos viene la barbarie? ¿Por qué pasamos tan fácil del corte de franela a las motosierras y de los pájaros a los sicarios? En los últimos veinte años se han visto situaciones que parecen el contenido de pesadillas inenarrables, como, por ejemplo, que los asesinos jueguen al fútbol con las cabezas de sus víctimas, la creación de hornos crematorios para depositar en ellos, vivos, a los condenados a muerte por los criminales y un largo catálogo de despropósitos y atrocidades.

Se ha dicho que la violencia no escoge a sus víctimas. Sin embargo, y como se narra en “Cóndores…”, “por lo general, los muertos de la violencia han sido todos los de ruana, pobres campesinos que no encontraron otro ideal en la vida que vivar a su partido liberal o a su partido conservador”. Ahora, en ciudades como Medellín, los muertos, además de ser muchos que nada tienen que ver ni con partidos ni con bandas, son muchachos (herederos de la violencia mafiosa) que están en disputas territoriales, que son parte de un ejército de capos del narcotráfico y que vuelven a ser integrantes del infierno.

Ah, y este preliminar tal vez sirva para preguntar si la bomba contra Caracol y su vecindario fue puesta por “los mismos de siempre”. Que en Colombia la violencia siempre ha tenido distintas razones sociales, algunas de ellas con marca registrada.

 

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