Por: Catalina Ruiz-Navarro

La violencia de los cuerdos

El último de los tiroteos masivos, que se han vuelto costumbre en Estados Unidos, fue ejecutado por Nikolas Cruz, quien entró a un bachillerato en Parkland, en la Florida, y mató a 17 personas. Como señala un artículo de Psychology Today, The New York Times dijo que el asesino había mostrado “señales de depresión”, el Washington Post tituló “Armas, depresión y una vida problemática”, y otros lo dijeron más ramplonamente como el presidente Trump: “El tipo estaba mentalmente perturbado”. Aparte de la ironía de que Trump diga algo así, hay que aceptar que eso de “es que el tipo estaba loco” es una explicación muy frecuente cuando ocurren catástrofes ocasionadas por la violencia de una persona. La violencia se asume como eso, como “parte de la locura” y la “locura” se entiende como una deformación del ser, al punto que la acción de violencia termina por explicarse por una causal “ajena” a la persona. Creemos que la violencia es el mayor síntoma de la locura, aunque gran parte de la violencia que vivimos sea planeada y racional.

Hay una primera explicación para que la salud mental termine siendo el chivo expiatorio de estas masacres. En EE. UU., cuando el agresor no es blanco, sí se asume la violencia como racional y se le adjudican móviles políticos, religiosos o relacionados con la ilegalidad. Cuando el agresor no es blanco la culpa de sus acciones se adjudica a su comunidad. Pero cuando el agresor es un hombre blanco, es decir, El Cánon, se dice que la causa es salud mental y así rápidamente se individualiza el problema, eximiendo de la culpa al resto de la “comunidad blanca” y de paso estigmatizando a toda la comunidad de la neurodiversidad. El artículo de Psychology Today señala que “las personas con alguna condición mental tienen más posibilidad de convertirse en víctimas que de ser perpetradores”. Tienen más del doble de probabilidades de convertirse en víctimas de violencia y sin embargo seguimos repitiendo que la violencia es cosa de “locos”. Este estereotipo tiene un doble efecto pues “cada vez que se sugiere un vínculo entre la violencia y las enfermedades mentales se incremente el estigma por tener una enfermedad mental, y esto, a su vez, hace que aquellos que padecen estas condiciones no busquen ayuda, alejándose aún más de la sociedad y agravando su condición”.

Además, hay mejores explicaciones que la casual patologización. Un artículo reciente de la revista Harper’s Bazaar señala algo que varias feministas vienen diciendo desde hace años: que la mayoría de estos “locos” que cometen masacres en serie en colegios son hombres y son blancos. Y otra cosa más: que han tenido un historial de violencia machista. Ninguna de estas características comunes palpables tiene que ver con la neurodiversidad, pero sí con la masculinidad tóxica. Jennifer Wright señala en Bazaar que nuestra cultura endiosa a los hombres armados y que muchas de estas masacres parecen motivadas porque el agresor sentía que no estaba recibiendo algo que le correspondía, que la sociedad le debía por no girar en torno suyo. Otro de estos agresores, Elliot Rodger, quien hace unos años mató a seis personas cerca al campus de la Universidad de California, dejó un video en internet culpando de la masacre a las mujeres que no habían querido hacerle caso romántica o sexualmente. Hoy hay miles de páginas de la alt-right que lo glorifican como un “héroe americano”.

Wright señala que las mujeres estadounidenses también tienen miles de experiencias de rechazo y frustración y de hecho el 23 % está diagnosticada con alguna condición mental, mientras que en los hombres es solo el 16 %. Sin embargo, parece que a las mujeres no se les ocurre salir a matar. A los hombres, en cambio, sí les enseñan a racionalizar sus actos violentos como una defensa de su honor y su valía. Por supuesto esto no quiere decir que no haya mujeres violentas, pero sí que la idea de violencia está profundamente justificada en la idea de masculinidad. Esta idea está tan engranada en nuestra cultura que en vez de ser “locura” es el estándar “normal”. Por otro lado, la misma idea de violencia se usa para marginar a todos los que ya están marginados, para alienar a los alienados y para descalificar a toda crítica que no venga a soportar el statu quo machista, ese mismo que celebra la masculinidad de los hombres que salen a matar.

@Catalinapordios

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