La voz de Dios

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En una escena de la reciente película Los dos papas, Ratzinger confiesa que a lo largo de toda su vida oyó la voz de Dios y sintió su presencia, pero que bastó que lo eligieran papa y ya no la escuchó más. Creo que es algo que pueden sentir los pontífices de todas las religiones, que es más fácil escuchar a Dios cuando se lo busca que cuando se tiene la obligación de haberlo encontrado. “Dios está cerca”, escribió Hölderlin, “pero es difícil asirlo”.

Me llegan estas reflexiones porque en este extraño momento de silencio planetario tengo la sensación de que por primera vez en mucho tiempo estamos oyendo a Dios, sentimos que está cerca, pero nos cuesta trabajo entender lo que dice. Y no podemos decir que se llama Vishnu, o Alá, o Buda, o Cristo, o la Pachamama de los Andes, porque o no sabemos su nombre o “todo nombre puede convenirle”.

Ahora que en el mundo entero estamos dedicados a sumar contagiados y muertos, podríamos pensar que es el dios de las destrucciones, la terrible divinidad de la muerte que en las mitologías del Indostán es Khali, que lleva un collar de cráneos en su cuello, o Shiva, que todo lo aniquila para que todo resurja de nuevo, y que por lo tanto no solo es el dios de la muerte sino de la renovación del mundo.

Pero, como estamos descubriendo las virtudes de la modestia, de la privación, de la meditación, también podría ser Buda, o el sentido de la divinidad que Buda propuso, que nos enseña la austeridad, que señala la vanidad de nuestros derroches, que nos invita a la serenidad, a la sencillez, al desdén por las frivolidades del mundo, que nos muestra la obscenidad de la opulencia insensible.

O ya que estamos aprendiendo que la realidad es poderosa e implacable, también podría ser Alá, el de los cien nombres, quien como dijo Chesterton lleva a sus hijos a poner el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol, “de sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado”.

Y ya que somos testigos cada día de grandes hazañas de abnegación, de solidaridad y de ternura humana, también podría ser Cristo, que nos recuerda que sin amor a nuestros semejantes no somos nada, que debería bastarnos “el pan de cada día”, que nada da tanta paz como el perdón y que haber ganado el mundo era poca cosa si por el camino perdíamos el alma.

De repente no oímos ya la voz de los líderes, los políticos a duras penas logran administrar, pero no consiguen orientar, los sistemas dudan, las verdades vacilan, la ciencia está desconcertada, al punto de que ni siquiera sabemos si fue ella la que engendró el peligro, y no parece que nos estuvieran salvando ni las iglesias, ni los laboratorios, ni la academia que hasta ayer lo sabía todo, ni los expertos, ni los algoritmos, ni los ordenadores cuánticos.

Hay como un viento de palabras confusas. Una que habla de muerte y de ausencia. Otra que habla del peligro del hambre y la desesperación. Otra que habla de grandes e increíbles derrumbamientos. Otra que hace soplar vientos de guerra. Y otra, la más poderosa de todas, que parece anunciar un tiempo nuevo.

De repente la amenaza mayor, la pandemia que hace colapsar los hospitales de Italia y de España y que asciende amenazante sobre los Estados, a pesar de sus cifras parece un mal menor, comparado con el riesgo de un inmenso estallido social, no solo en los países pobres, sino incluso en las más poderosas naciones del mundo. Y esa bomba social parece apenas la advertencia de un colapso económico impredecible. Y todavía los jerarcas, que solo saben de codicia y de cálculo, tienen hígados para proponer conflagraciones.

Alguien dice entonces que por frenar el contagio de un virus menos mortífero que otros que han castigado a la especie, podría ser la alarma de las redes sociales lo que desencadene ese efecto dominó que amenaza la economía del mundo, y pone en peligro gobiernos y sistemas políticos. Parece increíble que en tres meses hayan podido ocurrir tantas cosas y que la especie entera parezca estar oyendo algo tremendo y paralizante.

Son muchos los que piensan que es el ser humano el que ha creado a Dios, pero puede ser más exacto decir que lo ha descubierto, como se descubre una estrella. Dios, dijo Kant, no es asunto de la filosofía o de la ciencia, sino de la moral y del arte. Quizás es el nombre que le damos a la naturaleza y al asombroso orden que la rige.

Podría ser que lo que está ocurriendo no sea simplemente la histeria de una época, amplificada por las redes, sino algo más hondo, algo para lo cual el virus no es más que un detonante, algo que se gestaba hace mucho y que de repente se ha puesto en acción con un poder, una elocuencia y una eficacia insospechables.

Quién sabe si la clave no la tiene esa persona desconocida que escribió en una pared del metro de Hong-Kong: “No queremos volver a la normalidad: la normalidad era el problema”. Y a lo mejor no es el pánico ciego de la especie, sino su instinto de supervivencia. Y acaso solo a esto podemos llamar Dios, a esa reacción casi inconsciente, a ese sentimiento creciente de que no podíamos seguir como veníamos.

Que algo tiene que cambiar. Todo un mundo no se detiene abruptamente por razones triviales, sino porque una voz muy profunda, “más fuerte que la embriaguez y más vasta que la música”, como decía Rimbaud, nos está hablando desde el corazón de la especie, desde el manantial de las civilizaciones.

Íbamos rumbo a la extinción: ya empezábamos a vivir el colapso, la mitad de las especies vivientes han desaparecido, los glaciares se están deshaciendo, el apocalipsis de las abejas es un hecho, los incendios del Amazonas nos estaban hablando, el humo y las cenizas de Australia llegaban hasta Chile. Y de repente una alarma lo ha detenido todo. La inercia del modelo nos dice que detenernos es correr el riesgo de un colapso, pero algo nos está diciendo también que cambiar es necesario, y que ese cambio tiene que incluirnos y cobijarnos a todos.

Solo en ese profundo instinto de supervivencia que hoy nos tiene pensando, y temiendo, pero también imaginando y soñando, solo en eso podríamos sentir que está resonando en nosotros la voz de Dios.

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