La voz de los idiotas

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Cuando a un periodista le preguntan si está de acuerdo con la censura, es muy probable que su respuesta —casi instintiva— sea que no. La defensa vehemente de la libertad de prensa obedece a una lógica palmaria: aprobar la censura de otros es un búmeran. No obstante, lo que a veces es satanizado como “censura” se inscribe en las decisiones editoriales de las salas de redacción, donde se jerarquizan los asuntos a publicar, aquellos que pondrán a pensar a la sociedad y guiarán su toma de decisiones.

¿Cómo establecer los límites de la libertad de prensa?

Ninguna libertad es absoluta. La libertad de prensa constituye uno de los pilares que sostienen el derecho público a la información, el mismo que comporta deberes en el periodismo. No en vano, algunos llaman “gatekeeper” al jefe de redacción, al portero que admite o rechaza los convocados al debate público.

Las consignas a favor de la libertad de prensa tambalean ante las voces de terraplanistas, antivacunas y demás anticiencias. Sus discursos, pintorescos, son peligrosos. Considerar relevante la exposición o debate de sus ideas —basadas en mentiras e ignorancia rampante—, más que un “dilema”, es una irresponsabilidad: servir de megáfono a las falacias, nutrir las fake news.

(Ya embarcados en las honduras de la idiotez, es pertinente aceptar que tarde o temprano todos seremos un idiota para alguien).

¿Toda discusión merece ser dada? Más bien valdría preguntar: ¿cuál es el valor informativo de esta polémica? ¿“Reabrir el debate” en torno a páginas que ya hemos pasado, derechos civiles ganados en luchas colectivas, como la abolición de la esclavitud o el voto femenino?

Caso aparte son los discursos de odio. Años atrás, la publicación de discursos racistas, misóginos o xenófobos significaba una discusión compleja. Era difícil detectarlos por su sofisticación, pura filigrana. Pero personajes como Donald Trump cambiaron las reglas al reinstalar el odio como columna vertebral de un discurso político. Tras cuatro años de observar las consecuencias del odio en voz alta, es evidente que el humor no basta para combatirlo.

El auge de las derechas trae voces como las de Aleksandr Lukashenko, Nayib Bukele o un excongresista preso que tilda públicamente a la máxima Corte de su país como “secuestradora”.

Esta semana, Carlos Yárnoz, defensor del lector de El País de España, publicó la columna “Ni cordón sanitario ni complacencia: periodismo”, como respuesta a una lectora indignada por la entrevista a Jörg Meuthen, dirigente del partido Alternativa para Alemania (AfD): “Lo que me preocupa […] es que el periódico […] sea capaz de publicar dicha entrevista, con el blanqueamiento a la extrema derecha que eso supone”. Otro lector cuestionó: “¿Dar voz a neonazis?”. Der Spiegel, Financial Times, La Repubblica y Le Figaro también abrieron sus páginas al mismo partido político.

Yárnoz cita al filósofo Daniel Innerarity: “Déjales hablar. Tienen olfato político, pero saben muy poco. Que se retraten. Las líneas rojas los victimizan. No se normaliza el fascismo al escucharles, sino al no escucharles, al dejarles un terreno solo para ellos”.

La carta de protesta de Luigi, el amigo del presidente, al diario español no es más que un espejo.

Concluye el defensor del lector: “Ante la duda, la respuesta es el buen periodismo”.

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