Por: Ernesto Yamhure

La voz del pueblo es Estado de Opinión

TODA TEORÍA POLÍTICA TIENE DEfensores y críticos.

Cuando los conceptos que dan origen a una propuesta novedosa comienzan a entretejerse, los malquerientes, basándose en contraargumentos, ponen en duda su validez o pertinencia, mientras que los autores de la misma buscan su comprobación científica y empírica.

La transición colombiana desde la democracia representativa hasta la democracia participativa ha sido más teórica que práctica. La Constitución de 1991 estableció como mecanismos de participación ciudadana el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato. Pasaron 12 años para que el pueblo fuera convocado a un referendo. En 2003, más de cinco millones de ciudadanos concurrieron a las urnas con el fin de manifestar su opinión sobre 15 preguntas. Sólo una de ellas logró el número de votos requeridos; las demás se hundieron por un estrechísimo margen.

Algunos dirán que aquel episodio fue una derrota para el Gobierno. Tal vez sea cierto. Lo que nadie podrá negar es que ese ejercicio se constituyó en una victoria singularísima de la democracia participativa. Aquel día de octubre de 2003, los colombianos le perdimos el temor a participar, determinando nuestro destino y construyendo el modelo de país en el que queremos vivir.

Con el paso de los siglos, la humanidad pasó de un modelo de democracia directa ateniense —los ciudadanos participaban directamente en los asuntos inherentes al devenir político de la ciudad— a la democracia representativa, cuyo origen se halla en el parlamento islandés —Althing— creado en el año 910 de la era cristiana. Ahora se ha venido imponiendo la democracia deliberativa, teoría desarrollada por el politólogo Joseph Bessette a través de las obras Deliberative Democracy: The majority Principle in Republican Government y The Mild Voice of Reason.

Habermas, John Rawls y David Held fueron unas de las más importantes fuentes que utilizó Bessette para sustentar una tesis que busca el equilibrio entre democracia directa y representativa. Podríamos decir que es un estadio superior en la vida política de los pueblos, donde se le garantiza al ciudadano la expresión de sus opiniones, permitiéndosele debatir abierta y respetuosamente las decisiones de las instituciones.

De allí surge el Estado de Opinión que tanto ha dado de qué hablar en los últimos días y que, como podrá deducirse, no es un invento del presidente Uribe, quien ha venido tratando este asunto desde agosto de 2004, cuando dijo que “en una democracia pluralista se necesita esa simbiosis entre la voluntad política del gobernante y la voluntad política del pueblo”.

Hace unos años, los partidos se valían de los ciudadanos para alcanzar sus propósitos políticos, sin tener en cuenta la opinión de ellos. Hasta no hace mucho tiempo, el conservatismo colombiano elegía a su candidato presidencial en convenciones cerradas, en las que no se permitía la participación de la base. Ese derecho que los “jefes” se arrogaban, desembocó en una crítica apatía que por poco sepulta a esa colectividad.

Se equivocan quienes confunden el caduco modelo de democracia plebiscitaria con el Estado de Opinión, pues como ya se dijo, éste busca ubicarse entre la representación y la participación con el propósito de fortalecer a la sociedad, evitando claudicaciones o imposiciones forzadas. Asimismo, es la principal garantía para la libertad de prensa y su connatural contrapeso, asegurando el derecho a la sana controversia.

Importante que en este debate se recuerden las palabras de Álvaro Gómez Hurtado, quien validaba la filosofía de la democracia deliberativa o Estado de Opinión cuando sentenciaba que “es la voz del pueblo, la divina voz del pueblo que debemos oír”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ernesto Yamhure