Por: Humberto de la Calle

Lagartos contra la discriminación de género

MARÍA ISABEL RUEDA RESOLVIÓ hace días despachar al tarro de la basura cualquier iniciativa en torno a la igualdad de género en materia política. Me pareció un tratamiento superficial de un tema serio. En esencia, dice que no hay que ampliar “la ya absurda obligación de que para un cargo público ser mujer sea más importante que ser idóneo y preparado”.

Más allá de las discusiones filosóficas, el hecho mondo y lirondo es que el reconocimiento a la mujer está muy por debajo de su peso demográfico.  Y que, en muchos casos, ello ocurre por cuenta de la discriminación y no por falta de méritos. María Isabel siente que ha triunfado en la vida por encima de cualquier barrera discriminatoria. Pero millones de mujeres no han tenido su misma suerte, algo que debía generarle alguna inquietud. Es bien fácil decir lo que ha dicho desde la cúspide del éxito.

El tema de la discriminación sexual en materia política es relevante, porque aunque aquella hace presencia en muchísimas órbitas de la vida en sociedad, la ausencia de la mujer en el proceso democrático es la madre de las demás discriminaciones.

De hecho, Colombia es uno de los países más pobres en representación femenina en las esferas del poder.

Toda esta discusión comenzó con los grupos de mujeres sufragistas. Aunque parezca inverosímil, hasta hace relativamente poco las mujeres carecían del derecho al sufragio. Colombia vino a salir de esa humillante condición apenas en 1957.

Es difícil creer, a la manera de María Isabel, que dentro de ese 50% de mujeres colombianas que no podían votar ni ser elegidas, no había alguna suficientemente capacitada para tomar decisiones públicas importantes. Luego el asunto no es sólo de preparación. Hay una estructura adversa que condena a la mujer a la más aberrante exclusión.

El segundo paso se dio cuando muchos países implantaron algún tipo de cuota de género. El criterio es éste: no basta la igualdad de oportunidades, hay que ir a la igualdad de resultados. La discriminación positiva a favor de la mujer es legítima en el plano constitucional.

Este no es un mínimo asunto tropical de lagartos despistados como cree María Isabel. No sólo la Convención sobre la discriminación contra la mujer (CEDAW) favorece esta acción afirmativa, sino que en una pieza moderna y seria, como lo es el Estatuto de la Corte Penal Internacional, se impuso la obligación de implantar el equilibrio de género dentro de los 18 jueces. No bastó pues, querida María Isabel, ser una reputada jurista. Gente formal como los redactores del Estatuto tuvieron que tomar una postura activa contra la discriminación inercial, como también lo dispuso Francia bajo un tipo tan conservador como Chirac.

Colombia tiene que ponerse a tono. La última versión de la cuota es la que obliga a alternar candidatos de uno y otro sexo, porque el machismo dominante había condenado a las mujeres a los puestos de riesgo en las listas, aquellos que nunca obtienen escaños.

No se puede despachar el asunto de un plumazo.

María Isabel, además de hacerlo, ha condenado a la orden de la lagartería al que promueva la igualdad de género. En mi caso, acepto orgulloso ingresar a esa cofradía. Luchar contra la discriminación bien vale una descalificación tan frívola.

 

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