Por: Pablo Felipe Robledo

Lágrimas de cocodrilo

No hay homenaje inmerecido que la sociedad pueda hacerle a Luis Carlos Galán. Él ha sido el político más importante de las últimas décadas, partiendo de que la grandeza de un líder está dada en la medida en que sus luchas e ideales sigan teniendo la capacidad de influenciar a la sociedad. No es ser sino trascender; no es caminar sino dejar huella.

Ningún político, desde una simple tribuna y solo con las armas que le da el discurso, se ha enfrentado a gente tan peligrosa. Ningún líder en nuestro país ha tenido el carácter, con tan poca protección del Estado, para encarnar una lucha contra la criminalidad como lo hizo Galán. Y, la verdad, no contra cualquier criminalidad. Galán se enfrentó, sin medir distancias, a los peores criminales que haya tenido Colombia. Sí, me refiero al Cartel de Medellín, al mando de “seres humanos” abominables como Pablo Escobar y otros malandros de la peor calaña.

Mientras mataban a miles de personas, sembraban el terror, desafiaban al Estado, se adueñaban de la política y buscaban reconocimiento a punta de amenazas, sobornos, chantajes o negocios con la élite, Galán subía el tono de su discurso para confrontarlos y sacudir a la sociedad, ayudado por algunos otros inolvidables como don Guillermo Cano, militares y policías impolutos, y unos cuantos empresarios que se resistían a la idea de que estos mafiosos se apoderaran del país. Sin embargo, Galán y sus aliados eran unas pocas golondrinas tratando de hacer verano, pues lo cierto es que el narcotráfico tenía atemorizados, cuando no comprados, al resto de los pájaros. Algunos aplaudían en silencio a Galán por meterse en la boca del lobo, pero otros conspiraban en su contra, a tal punto que su magnicidio fue un contubernio entre el narcotráfico, políticos y agentes del Estado.

Si de lo que se trata es de hacerle homenajes a Galán, este país ha sido generoso. Después de 30 años de su magnicidio, le seguimos profesando admiración y respeto. Sin embargo, si de lo que se trata es de rendirles con acciones un diario homenaje a sus luchas contra el narcotráfico y la corrupción, Galán en su tumba debe sentirse olvidado y decepcionado.

El primer gran golpe a su legado se lo propició, a los pocos meses de su muerte, la sobornada y atemorizada Constituyente al prohibir la extradición en 1991, lo que, por fortuna, aunque sin efectos retroactivos, fue enmendado en 1997. Desde esa época, la criminalidad (narcotráfico, paramilitarismo y guerrilla) se apoderó de la política y de buena parte de la economía; y siempre, en todo ello, ha estado presente la corrupción. Y lo que es peor, sin que exista un solo líder que haya sido capaz de enarbolar esa lucha con el suficiente carácter y autoridad moral que ello requiere. Hoy tenemos un país que tolera, admira y hasta vota por criminales y corruptos.

Da asco ver como hoy lloran a Galán los “herederos” de quienes lo mataron. Algunos están en la derecha que gobierna y otros en la izquierda opositora, pues miren que hasta en esto los polos se atraen. La verdad es que a la hora de llorar a Galán hay muchas “lágrimas de cocodrilo”.

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