¡Laicismo: basta de camanduleo!

SEGÚN LA CONSTITUCIÓN DE 1991 Colombia es un país laico, multicultural y multiétnico donde existe libertad de culto y práctica política, derecho a la diversidad y a la diferencia.

Sin embargo, ni en tiempos de Doña Soledad Román de Núñez se boleaba tanta camándula ni se atribuía a la acción divina tanto; tal parece que el Presidente Uribe fuera su rediviva encarnación recitando jaculatorias y alabados frente a las cámaras de televisión. La tapa fue verlo arrodillado en puro suelo, mientras el cardenal prefería el reclinatorio, lo mismo que el presidente de la Corte Suprema de Justicia.

El señor Uribe Vélez tiene el derecho inalienable de creer y practicar la fe que considera verdadera, en público y en privado, pero el Presidente Uribe Vélez no puede hacerlo en público. Contradice como jefe de Estado el espíritu de la Carta Magna y causa molestia espiritual y ciudadana en quienes haciendo uso de sus derechos constitucionales atienden otros cultos. Los hace sentir en condición de inferioridad y se perciben como ciudadanos de segunda clase, que no recibirán la misma atención y respeto que los de la religión del señor presidente.

Si en 1991 decidimos que no éramos más el país del Sagrado Corazón y que fuese cual fuere nuestra religión, todos éramos iguales a los ojos del Estado, ¿por qué sólo los patriarcas de la Iglesia Católica son remillón de todo sancocho oficial e intermediarios del gobierno en asuntos tan delicados como la búsqueda de la paz? Están quedando por fuera los superiores y dignatarios de otras religiones, con igual o hasta mejor capacidad para esos menesteres. No digo que rechazo las intervenciones de los jerarcas católicos, anoto que no pueden ser los únicos en la movida, porque es excluyente.

Además los voceros de la Iglesia Católica y Apostólica se pasan de raya y pretenden opinar en lo divino y lo humano. Basta tomar como ejemplo la decisión que tomó la Iglesia Anglicana de ordenar mujeres obispo (la prensa mostró ampliamente el rechazo pero no el fallo aprobatorio de respetarles ese derecho). Enseguida desde el Vaticano salió un lamento que lo definió como “un obstáculo a la reconciliación”. No sabría qué es peor: la intromisión directa en los asuntos internos de los anglicanos o la flagrante misoginia. Borraron de un codazo todos los acercamientos en busca de la unicidad de credo que habían logrado con manita izquierda y despacito y se echaron encima a las mujeres del mundo que pensamos que el género no es razón para ningún tipo de discriminación, porque con eso lo que reafirman es que lo peor que puede pasarle a una persona es nacer mujer.

Y si acá en Colombia el señor presidente se empeña en hacer de sus alocuciones y declaraciones un manifiesto católico salpicado de imágenes de la virgen, el santico de aquí y el beato de allá, como fuente directa del accionar del Estado y todo va a ser a punta de milagros, va a echar al traste la laicidad del país tan importante como su constitucionalidad. ¡Que ya está bueno de camanduleo! Ojalá en la celebración musicalizada del día de nuestra independencia, no tengamos misa campal, rezanderilla presidencial e imágenes del santoral católico. Necesitamos un presidente laico y laicista, porque a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

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