#LaMujerWayuuNoSeVende

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El fin de semana el falso periodista vallenato Fabio Zuleta le dijo al falso palabrero Roberto Barroso que quería comprar a una mujer wayuu con fines de matrimonio servil: “Quiero una sin pelo, que no se mueva pa’ yo enseñarla y tenerla encerrada, porque me la quitan”. Zuleta es conocido por el programa de radio Buenas tardes, Fabio y por ser hermano de los cantantes Emiliano y Poncho Zuleta. Barroso se presenta como palabrero wayuu del corregimiento de Siapana, pero las autoridades de la comunidad ni siquiera lo conocen; si fuera un pütchipü real, jamás habría caído en el error de pensar que la institución del matrimonio wayuu es una transacción de compra y venta, una creencia arraigada entre nosotros, los blanco-mestizos o alijuna. Lo más preocupante de este episodio de normalización de la violencia de género es que muchas de las personas blanco-mestizas que salieron a indignarse o a defender a las mujeres wayuus creen que esta comunidad indígena es “bárbara” y “salvaje” y que en efecto “vende” a las mujeres casándolas a cambio de una dote, en matrimonios arreglados en donde ellas no pueden escoger. Esta ignorancia arrogante no tiene otro nombre que racismo. Creemos, desde afuera, que nuestra cultura blanca es “mejor” (cuando la trata de personas es invento nuestro) y que los problemas de la comunidad wayuu se deben a “su cultura” y no al olvido y discriminación histórica por parte del Estado colombiano, que les niega sistemáticamente los más básicos derechos humanos.

Eso que nosotros mal llamamos “dote” no es una transacción de venta, sino una alianza entre familias que institucionaliza el matrimonio wayuu. Lo explica mejor Olimpia Palmar, mujer wayuu ipuana, comunicadora miembro de la Red de Comunicaciones Wayuu Putchi Majana: “Paün’naa significa ingresar a la intimidad de la mujer y de la familia de la mujer. Esa es la palabra que utilizamos para referirnos a lo que ustedes llaman matrimonio”. Para la comunidad wayuu el “matrimonio” no consiste solo en la unión de dos personas sino en la alianza de dos familias. Cuando el hombre entrega la Paün’naa, que puede incluir joyas, ovejos, cabras, caballos, mulas o vacas, se establece un sistema de reciprocidad: “La Paün’naa no es mi precio, es la forma en la que el hombre reconoce el valor simbólico de entrar a la familia de la mujer”. Además, la Paün’naa no se entrega a los padres de la mujer, sino a personas significativas para su vida, que tienen el compromiso moral de mantener el equilibrio, social y económico de esa unión. “La venta te genera un interés económico, pero a la mujer wayuu no la estás entregando porque te den esas cosas, sino que es la forma en que el hombre pide permiso para entrar a un linaje (...) Hubo una generación de wayuus que empezaron a hablar el español y en búsqueda de querer traducir nuestra cultura empezaron a usar palabras que hicieron perder la esencia de este tipo de organización estructural, social, política, económica y territorial de los wayuus. Empezaron a decir ‘dote’ en vez de Paün’naa y su siguiente generación empezó a entender en español lo que le enseñaron y esto ha hecho que se vaya degradando nuestra cultura”.

Esto no quiere decir que no haya machismo en la comunidad wayuu, lastimosamente este es un vicio de todas las culturas, y mucho de ese machismo es aprendido de la cultura blanca y colonial. En la cosmogonía wayuu debe haber un equilibrio entre hombres y mujeres, y las mujeres son la estructura central de la sociedad wayuu, porque son las guardianas del territorio y de la familia; por eso su linaje, a diferencia del nuestro, es matrilineal. “La mujer, en su rol de protectora de la familia, ha sufrido vulneración de género. Pasa como en todas las culturas y yo creo que es necesario reconocerlo, aceptarlo, asumirlo y pensar en cómo resolverlo, no justificándonos sino desde el diálogo y desde el regreso a nuestra cultura ancestral”, explica Palmar.

Es bastante ingenuo (racista) creer que el matrimonio blanco-mestizo no es también un acuerdo económico y una alianza entre familias, o que nuestras formas de discriminación de género son “menores” o “más civilizadas”, cuando en realidad todas las violencias (tanto el machismo como el racismo) son inaceptables y deshumanizantes.

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