Por: Julio César Londoño

Las agonías del estilo

Con la venia de sus lectores, la viuda, Santiago y los gatos, hay que decir que Álvaro Mutis no fue un gran narrador

No es fácil entender por qué fracasó en esa tarea un señor que tenía mundo, oficio y buen pulso, amén de que se movía como pez en el agua en el circuito de los editores, los escritores y los medios de comunicación.

Quizá el problema estribó en que escribía muy bien. Quiero decir que su prosa tenía mucho relieve, y la narrativa es un asunto de prosas planas, como las de Balzac, Carver o Vargas Llosa. Por eso los grandes estilistas no han sido buenos narradores, con las anómalas excepciones de Gabo, Proust o Marai, señores que triunfaron pese a su virtuosa facundia. Por eso un estilista como Capote renunció a la prosa delicada y adoptó una reseca para escribir A sangre fría, la obra a la que debe su fama y que opacó por completo a sus otras novelas, todas talladas a mano (y todas mejores que A sangre fría, paradójicamente). Sabía demasiado, dice el criminal. Tenía mucho estilo, podría decir el crítico.

Un estilo con mucha textura no sirve para hacer cuentos, digamos, porque entonces el lenguaje se vuelve protagonista, y el cuento, se sabe, es una forma sintética y esencial cuyo protagonista debe ser el argumento.

Tampoco es aconsejable un gran estilo para hacer novelas porque el autor se siente mucho y el lector se distrae. O desconfía... No puede abandonarse al relato, sumergirse en la historia. Una “prosa elevada” en la novela es impertinente, empalagosa como esos presentadores que hablan mucho, como un partner vanidoso o una segunda voz muy alta. Los protagonistas de las novelas deben ser los personajes, no el lenguaje, ni mucho menos el escritor.

El lenguaje puede ser muy visible en el poema porque se trata de un género pretencioso por definición. Y corto.

Otro problema serio fue el tamaño de Maqroll. Mutis no fue capaz de crearle antagonistas a su altura, y Maqroll se quedó sin el contrapunto que requiere un performance memorable. Uno es de la estatura de su enemigo más alto, se sabe, y Maqroll está rodeado de caracteres muy frágiles. Maqroll eclipsa a sus personajes, de una manera similar a la sombra que Mutis arrojó sobre su obra. Ante Mutis, siempre tengo la sensación de que hay más anécdotas que narrativa, más biografía que obra. O como le dijo una vez la condesa Elena Poniatowska: “Usted es mejor conversado que leído” (claro que ella se estaba desquitando porque él le había dicho minutos antes: si tuvieras cinco centímetros más de estatura, hasta los ángeles bajarían a la novelería).

Es por esto que Mutis pertenece a la segunda división del Boom, con Asturias, Donoso, Fuentes y Vargas. También, hay que reconocerlo, porque le tocó un vecindario difícil: ¡Borges, Gabo y Rulfo! De malas el hombre.

Mutis fue casi un genio. Esa fue su tragedia.

Los que saben, dicen que en realidad era poeta; que con él, la naturaleza deja de ser escenografía y pasa al primer plano con peso y carácter específicos. Es verdad. Aunque por la misma época (los años cuarenta) Neruda y Aurelio Arturo estaban haciendo lo mismo, Mutis tiene el mérito de que era mucho más joven. Dicen que Amén es un poema perfecto. Es bello, sin duda, pero tiene un defecto fatal: arranca con un verso insuperable: “Que la muerte te acoja con tus sueños intactos”, dice Mutis, y ya no puede decir nada mejor, y el lector siente que el poema decae. Tenía que haber cerrado con ese verso.

No logró colarse en el salón de los inmortales pero en cambio tuvo tratos muy íntimos con esa zorra arisca, la felicidad. Como Wilde, habría podido decir al final: “En mi vida puse mi genio, en mi obra apenas el talento”.

449209

2013-09-27T23:00:00-05:00

column

2013-09-27T23:00:09-05:00

none

Las agonías del estilo

23

3791

3814

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño

La fragancia madre

Periodistas: ¡estudien, vagos!

Taller de escritura

¡¿El Ejército ataca a sus hombres?!