Por: Rubén Mendoza
Columna Vertebral

Las atravesadas

Naufraga la publicación del libro de cartas completas de Andrés Caicedo.

Recientemente la revista Arcadia publicó un artículo que en cualquier país del mundo, medianamente ilustrado, con su memoria medianamente adiestrada, que haya sobreaguado, al menos un poquito, del mar de la ignorancia, sería el tema del que todos hablarían. Solo si no fuéramos el país más feliz del mundo, o el segundo: si al menos fuéramos el quinto más feliz. Le ganaría en titulares y debates a Venezuelas y Maduros, y seguramente sería lo que nuestros periodistas, por más fachos que sean, se estarían preguntando entretanto.

Las cartas de Andrés Caicedo, que como dijo él mismo en una de esas misivas al crítico español Miguel Marías (citado por el escritor chileno, autor de la “autobiografía" de Caicedo, en su libro Mi cuerpo es una celda, citado a su vez por Rosarito (como Andrés proféticamente llamaba a su hermana, que ha sido una piedra angular en la difusión Total de su obra, sin ningún tipo de vergüenza o censura porque cuando se ama de verdad se ama a un ser Total, sin vergüenza ni censura), cita citada a su vez por Mario Jursich, que era el recopilador del monumental libro que ya estaba en el horno con las cartas del autor, citado a su vez por el autor de Arcadia en su columna, nombrando a estos cuatro nombrados, y como en esta especie de muñeca matrioshka de citas, citados y nombrados por mí en esta intervención, lo que demuestra la cadena de interés que genera Andrés Caicedo y su obra Total en los que lo leemos (incluida sin duda alguna su correspondencia) o amamos el arte y la literatura de esta finca), repito para no perdernos en el paréntesis de la tristeza, como le dijo Caicedo a Marías: “estimulado por tu ejemplo, es que renuevo el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito.”

Si esa frase no es el testamento, por no decir la orden de un escritor, que quiere que su obra sea editada y difundida, indicando que las cartas son parte de esa obra, ¿qué lo es? Tal vez entonces que el padre de Andrés, como se cuenta en el artículo de Arcadia de Christopher Tibble, en los textos de Fuguet, en los textos de Jursich, en la entrevista de Rosario a Arcadia, y trato de resumir acá, dijera que él no conoció a su hijo en vida, y que desde su suicidio, en mitad de los setentas, se iba a dedicar a conocerlo. Pero no como un investigador buscando pistas de su razón brutal para arrancarse la vida, ni para buscar culpables: sino para ver lo que no había visto, lo que se había negado a ver: para conocer a su Andrés, a Andrés Caicedo.

El papá de Andrés, don Carlos, sabía del talento descomunal de su hijo para escribir, de su sensibilidad maravillosa y apuñalante, aun contra sí mismo, sabía de la calidad de Andrés al punto de dudar de la autoría de ciertos textos prematuros (por buenos). Pero luego, “arrepentido”, si se puede decir de este gesto, de la duda, abrió con humildad los baúles donde él mismo había enjaulado las cartas y prácticamente la totalidad de su vasta obra (para un suicida de 25 años dejó kilómetros de tinta en novelas, cuentos, guiones, obras de teatro, crítica cinematográfica y cartas), y se dedicó a devolverles el vuelo a sus palomas y sus buitres. Siempre de la mano de los tantas veces vapuleados por cuidar la obra de Andrés, y primeros seres y artistas conscientes de su calidad como escritor y cronista de cine, Luis Ospina y Sandro Romero, el padre empezó a curar el dolor de una muerte por suicidio de un hijo, y la más dura muerte de haberse ido siendo un desconocido para él, publicando algunas de sus cartas en periódicos nacionales y locales, cediendo material a alguna de las más importantes bibliotecas del país, y organizando, junto a los nombrados, los primeros volúmenes de cartas, de crítica, de cuentos.

La relación de Andrés Caicedo con el género epistolar es bien conocida, reconocida, por sus cercanos. No era una cosa automática: cada carta tenía varios borradores, versiones (como hacen los novelistas, los guionistas), hasta encontrar la carta que le quería quitar al destino para pasársela a alguien. Nunca el padre se atrevió a quitar una coma, a cuestionar los vínculos de su hijo con los destinatarios de las cartas, a cuestionar sus inclinaciones sexuales, sus amigos, su ambigüedad, su alma atormentada. Al contrario. Una manera de curar su relación, de hacer una especie de medicina preventiva para tantos otros presos en su cuerpo, presos en sus familias, con sus deseos presos en su carne, dejó que las cartas volaran completas, con todas sus plumas y toda su sangre. Sin vergüenza de las plumas, ni de la sangre, ni de que la pluma hubiera manchado con sangre su apellido, distinguido; ese que tanto defienden de cualquier mota de mugre otros cercanos a Andrés, Caicedo: Caicedo Caicedo, de los Caicedo.

El papá murió pues, hace ya unos años, haciendo todo lo que pudo por la obra del hijo, amistado y conmovido por el pacto del arte, de las letras, pasando de desconocido a defensor y divulgador; y cómo lo agradecemos hoy. Y estábamos especialmente agradecidos, porque una de las grandes editoriales de nuestra lengua, el Fondo de Cultura Económica de México (que se ha preocupado más por nuestros poetas que nosotros), junto a Mario Jursich, tenían lista la edición de sus cartas completas. Seleccionadas y prologadas con la ayuda de Luis Ospina y Sandro Romero. El libro ya venía. Un autor que ya le pertenece a un pueblo, o a la Vida misma, y a varias generaciones (eso es técnicamente a varios pueblos y a varias vidas), que murió o sufrió entre otras cosas, seguramente, por la censura de lo que él era, por no poder Ser; que fue aceptado con dulzura paternal así fuera después de la muerte, en su totalidad; que fue reconocido, gracias al amor y al cuidado de sus amigos por su obra, y después del de los herederos, entre los que estaba su padre, como un autor inmenso desde la primera letra, pero que tuvo que esperar mucho más que los años que vivió para que fuera aceptado en toda su dimensión, ahora se ve atropellado por la zancadilla inmensa de la gente que sigue avergonzada de Andrés, con Andrés. Con parte de Andrés, con una parte fundamental de Andrés, sin la que hubieran funcionado completamente de otra manera él y su obra. No hay tumbas para revolcarse porque después de la muerte no hay más que quietud y muerte, creo, pero si alguien se estuviera revolcando, no serían los padres de Andrés, como hace poco se sugirió por la defensa valiente y bella y amorosa de su hermana Rosario para que se publicaran sus cartas completas y saber más de Andrés: sería el propio Andrés… aún quieren unos pocos esconder no solo unas caricias y unos besos “prohibidos”, sino 198 cartas; como si pensaran que esas cartas empuercan el pedigrí de una familia, antes que reconocer que fueron sin duda impulso de su literatura,  parte de su literatura, de su fuerza, de su vida y se le han atravesado al libro como una mula muerta en la carretera.

En una especie de pequeña inquisición se quiere quemar una parte de Andrés. Se quiere matar una parte de ese hombre que ha sobrevivido contundentemente a su suicidio, de ese escritor que ya no es solo el hermano de unas sino de muchas, y el refugio de otras y de muchos. Pues ese libro naufragó en el fervor del pudor de los otros herederos, diferentes a Rosarito y a los amigos y estudiosos de Andrés, y ya no va a existir. Con el argumento de que las cartas pertenecen a sus destinatarios, ignorando de nuevo que el propio escritor las reconocía como parte de su obra, y sospechaba que serían públicas, por lo que las esculpía varias veces, hasta que no quedara un solo tartamudeo del que en cambio padecía para expresarse con la palabra hablada. Como el autor que no se pudo conocer del todo también Es sus cartas, negar una parte de él y quitar unas cartas o todas, es una forma de mutilarlo, de torturarlo, de nuevo en la vergüenza. De obligarlo a esconder una parte, tal vez fundamental para entenderlo, para entender su idioma. Una parte tan grande, tal vez, que les sirva de escondite para el resto de Andrés, el gran Andrés, su Ser inmenso, inabarcable, y su obra vasta.

Ese libro tiene que existir por todos los medios. Por todos los extremos. No solo apoyándose en que muchas de esas cartas fueron donadas a la Biblioteca Luis Ángel Arango (lo que las hace de dominio público) y a otras entidades y publicadas por varios medios, sino apoyándose en que Andrés finalmente debe poder ser Andrés completo, en todos, como él quería. Ninguna decisión es irreversible, me decía otro hombre grande. No es tarde para amarlo también en esas cartas y para que nos regalen a Andrés, completo, los que pueden. Ojalá.

Leí de una cineasta española que la ley cuando es injusta hay que desobedecerla y de un noble reciente que para ser honesto hay que estar por fuera de ley. Ojalá alguien, como sea, tome ese libro por su propia mano, y desobedezca, y lo abandone en algún basurero, pero unos diez mil ejemplares, como primer tiraje, y liberemos todas esa águilas, y chulos y pájaros, y palomas mensajeras que son sus cartas. Puede que tengan razón con que las cartas son de los destinatarios: pero se les olvida que dicho lo dicho por el propio Andrés los destinatarios somos todos nosotros.

 

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