Por: María Elvira Bonilla

Las bacrim en acción

NO ES UN ASUNTO DE CIFRAS. NI DE encuestas validando gobernantes.

Ni de percepción. La inseguridad en Cali es el tema cotidiano en todos los estratos sociales. La presencia de las bacrim, nombre que se confunde con el fármaco para enfrentar agresivas bacterias, pero que en realidad se refiere a las bandas criminales emergentes producto de la descomposición del narcotráfico y los paramilitares, tiene en alarma la ciudadanía. Una sensación de desprotección, de desamparo, de desgobierno, recorre una ciudad donde hubo 421 homicidios en los primeros tres meses del año.

Atracos a residencias, hurtos callejeros, robo de niños en los barrios populares, asesinatos en el transporte público, miedo y riesgos desde que se sale de la casa. Si bien parece ser un problema generalizado en ciudades y poblaciones menores, en Cali parece estar desbordado. La realidad de miedo y amenaza cotidiana está descrita en esta carta que le escribió un caleño desesperado a una amiga. “No sabes lo que me dolió verte ultrajada, ofendida, desprotegida, humillada por la delincuencia y abandonada por la autoridad. Una urbe desamparada totalmente por nuestros mal llamados gobernantes. Una metrópoli donde tu atraco a pleno medio día en el semáforo de la Torre de Cali, es apenas uno de los doce de los que nos enteramos en la mañana de hoy: cuatro en Pepe Ganga del Oeste; dos en La Tertulia; dos en el trancón del Centenario formado por el traumático, absurdo e inconsulto cambio de sentido de la calle sexta norte; dos en la congestión del Café de Los Turcos y uno en el Teatro Municipal, donde para lograr sus propósitos los bandidos destrozaron el auto ocupado por dos aterrorizadas damas ante la amedrentada impavidez de decenas de intimidados transeúntes. Santiago de Cali está sitiada, acorralada por el hampa criolla de la peor estirpe: unos desde motos despojando diariamente a centenares de inermes e indefensas gentes trabajadoras de sus pertenencias adquiridas con trabajo honesto (…)”.

Y continúa con un reclamo agraviante al alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, a quien además cuestiona por los cuantiosos recursos invertidos en unos ambicioso programa de guardias cívicos que resultan una mofa frente a los problemas ciudadanos gruesos.

La inseguridad urbana es un tema principalmente de responsabilidad local, pero la dimensión que ha adquirido lo vuelve un asunto de orden nacional. La prioridad de la política de seguridad no puede seguir obnubilada por el tema Farc, visto como una fuerza devoradora, magnificada en cada ataque en algún punto de la geografía. Las bacrim son bandas conformadas por jóvenes que han crecido sin alternativas en el ambiente de descomposición del narcotráfico y de paramilitares desmovilizados y armados que nunca se reintegraron socialmente, quienes han hecho de la delincuencia una forma de vida. Se trata de una delincuencia urbana, compleja, de múltiples orígenes, difícil de enfrentar pero que condiciona el diario vivir de la gente en las ciudades.

La inseguridad urbana es una realidad innegable que marca dramáticamente la cotidianidad urbana y que el gobierno Santos, con el general Naranjo a la cabeza, debe comprender para poder enfrentar con realismo, efectividad y urgencia. Es el nuevo desafío.

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