Por: Alvaro Forero Tascón

Las bases

EL PROBLEMA DE LAS BASES NORteamericanas no es de soberanía.

El acuerdo en trámite con Estados Unidos es lo que se denomina una intervención por invitación, un concepto que se utiliza peyorativamente para señalar Estados dependientes de otros Estados, pero que tiene una doctrina aceptada en la teoría de las relaciones internacionales. Ésta sostiene que la soberanía de los Estados no se viola cuando la invitación proviene de un gobierno legítimo, y Colombia es un país en el que durante años, no sólo los gobiernos, sino las mayorías ciudadanas, vienen implorándole a Estados Unidos que intervenga en su territorio. Prueba de ello es que el nuevo acuerdo no necesita modificar el tope vigente para el número de personal militar y civil norteamericano que puede estacionarse en Colombia.

Desde el punto de vista del derecho internacional, para que una intervención de esta naturaleza viole la soberanía, tendría que existir un reconocimiento internacional de beligerancia de la guerrilla y que en Colombia se libra una guerra civil, condiciones que no aplican, especialmente en el actual entorno internacional en que las guerras de “liberación nacional” se convirtieron en amenazas terroristas y en que la represión estatal pasó a ser parte de las “guerras justas”.

El problema de las bases no es ideológico, sino práctico. Consiste en que genera riesgos y problemas importantes, pero produce muy pocos beneficios. La idea que mejor ilustra esa situación es que si el TLC no es aprobado antes de agosto de 2010, el gobierno Uribe habría premiado a Estados Unidos con bases militares por haberlo humillado comercialmente por su récord de derechos humanos. Porque la realidad es que las bases no mejorarán sustancialmente el apoyo norteamericano en materia de lucha contra la guerrilla y el narcotráfico, ni las inversiones en infraestructura serán determinantes para la capacidad de las fuerzas armadas colombianas.

Las bases le generan a Colombia problemas estratégicos internos, regionales y para las relaciones futuras con el propio Estados Unidos. En lo interno, porque introducen el tema de las relaciones con Estados Unidos en la dinámica de la polarización política, arriesgando el frágil consenso que existe sobre la conveniencia de mantener una colaboración estrecha con ese país.

En lo regional, protocolizan la condición de Colombia como el Israel de la zona y profundizan el juego anacrónico de Guerra Fría que tanto les conviene electoralmente a los presidentes andinos, pero que tanto daño le hace al desarrollo económico y democrático de la región. La tesis de que necesitamos defendernos militarmente de nuestros vecinos no sólo carece de fundamento, sino que produce el efecto contrario, estimulando la carrera armamentista y perturbando la estabilidad regional.

Y en las propias relaciones con Estados Unidos, porque la bases no sólo se convertirán en un determinante perenne de las relaciones bilaterales, sino que convalidan el modelo norteamericano contra el problema de la droga, que no sólo no lo resuelve, sino que es el principal alimento de la violencia colombiana. Y le restan incentivos a Estados Unidos para mantener el Plan Colombia, porque con las bases ya no requiere darle ayuda a Colombia para mantener la presencia estratégica.

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