Las bodas de perla de la Alemania reunificada

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El pasado 3 de octubre se conmemoraron 30 años de la reunificación alemana, uno de los acontecimientos que marcó la geopolítica de finales del siglo pasado. Vuelven a la mente las inolvidables imágenes de miles de ciudadanos alemanes, incluidos los guardas de la República Democrática cuya función era dispararle a los que trataban de cruzar al otro lado, destruyendo con picas y martillos el muro de Berlín, lo más emblemático de lo que dividía una ciudad, un país, el mundo entero.

Pocos pueblos han tenido una historia tan dramática como el pueblo alemán. De las cúspides de las contribuciones universales en las ciencias, filosofía, matemáticas, música, industria, a lo más abominable del espíritu humano representado en el nazismo, las cámaras de gas y el Holocausto.

La reunificación formal de las dos Alemanias requería en teoría el visto bueno de las cuatro potencias vencedoras en la guerra: Estados Unidos y la feneciente Unión Soviética apoyaron mientras que la Francia de Mitterrand y especialmente el Reino Unido de Thatcher tuvieron serias reservas y trataron de evitarla. “Alemania es demasiado grande para Europa” decían algunos. En términos del derecho internacional, la República Democrática Alemana desaparecía, absorbida por la Republica Federal. El puntillazo final al fracaso de comunismo en Europa.

No fue un lecho de rosas la reunificación, sin embargo, la otrora Alemania Oriental mucho más pobre, menos desarrollada, con sus característicos bloques de edificios estilo “soviético” fue equiparándose a su par occidental, proceso que aun continua.

Reunificada Alemania se convirtió en el motor de Europa. La tradicional pujanza alemana, el inquebrantable contrato social entre industria, gobierno y trabajadores, una historia de vencer múltiples adversidades e incluso un sentir de desino manifiesto.

Jalonan el milagro alemán un envidiable sector manufacturero productor de bienes de capital y maquinaria de insuperable calidad, una industria automotriz con un posicionamiento de marca sin paralelo y productos únicos en los campos de la química, óptica y varios más. El término “calidad alemana” no ha dejado de ser un genérico para describir lo mejor de lo mejor. La crisis financiera de 2008 poco afectó a los germanos quienes sin embargo se convirtieron en los policías de los “niños malcriados de Europa”, con resultados positivos.

En la cada vez más turbulenta geopolítica global exacerbada por la pandemia, la creciente confrontación sino-americana, una Unión Europea que le dijo adiós a ese siempre cuerpo extraño que ha sido el Reino Unido, que enfrenta regímenes autoritarios en el este y hordas de migrantes golpeando a sus puertas, Alemania, quizás sin proponérselo, se constituye en actor global de primer orden, como adalid de los valores democráticos, la estabilidad y la “decencia” en la política. Alemania junto con Francia tratan de salvar lo que queda del multilateralismo, una gestión quijotesca de pronóstico reservado.

A 30 años de la reunificación y 75 tras el final de la segunda guerra mundial, Alemania tiene mucho que celebrar. El mundo también.

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