Por: Catalina Ruiz-Navarro

Las buenas víctimas

Se cumplen dos años de los feminicidios de Yuliana Samboní en Colombia y Lucía Pérez en Argentina. Ambas fueron víctimas de violencia sexual antes de ser asesinadas, ambas eran menores de edad: una de seis años, otra de 16. Pero el asesino de una, a pesar de sus muchos privilegios, está preso —por ahora—, mientras que los feminicidas de Lucía Pérez acaban de ser absueltos. Esos diez años entre las dos víctimas marcan la diferencia. Dice Virginie Despentes en Teoría King Kong: “Nuestra supervivencia nos incrimina. Las buenas víctimas de violencia sexual no sobreviven. Tienes que estar traumatizada por la violación y tener un montón de cicatrices invisibles: miedo a los hombres, a la noche, a la independencia, al sexo y otro tipo de placeres”. Pero la realidad es aún peor, incluso muertas podemos ser culpadas de nuestra propia muerte “por putas”, basta con que estemos lo suficientemente “grandecitas”.

El feminicidio de Lucía Pérez, durante un encuentro de mujeres en Argentina, dio origen al poderoso primer paro nacional el 19 de octubre en Argentina, impulsado por el movimiento #NiUnaMenos, que a su vez sentó las bases para la Marea Verde. Pero su juicio fue un perfecto ejemplo de lo inútil que es la justicia patriarcal. Los jueces, hombres, claro, revolvieron sus prejuicios con leguleyadas y terminaron por decir que como Lucía, seis meses antes, había quedado para coger con alguien vía WhatsApp, era poderosa e inmune a la violencia sexual, y que como uno de los agresores había desayunado croissants con malteada de chocolate, no coincidía con el “perfil de un feminicida”. Así de absurda fue la argumentación que dejó en impunidad el feminicidio de Lucía Pérez. Y claro, hubo tramas secundarias como que la fiscal del caso salió a los medios a decir que a Lucía la habían empalado y resultó ser falso, aunque los medios de comunicación sigan divulgando morbosamente esa mentira, como si ese detalle fuera necesario para que este feminicidio nos importe. Pero en realidad nos lo cuentan porque nos fascina saber todos los detalles sobre cómo se violenta y tortura a las mujeres.

Yuliana Samboní tenía seis años y no tenía WhatsApp para estar coqueteando con nadie. Colombia entera condenó su asesinato de forma unilateral. La gente hasta se entusiasmó con la idea de la cadena perpetua para violadores y asesinos de niños y niñas, porque la gente se entusiasma más con el castigo que con la justicia. El pan y circo funcionan cuando hay sangre. Recuerdo que cuando me enteré del feminicidio de Samboní pensé: si hubiese tenido 12 años, estaríamos debatiendo si era una buscona que quería aprovecharse de un “pobre niño rico”. Pero Yuliana fue una de esas pocas (muchas) buenas víctimas. La gente dejó flores blancas en el edificio en donde la asesinaron. Los padres de familia juraron proteger (encerrar y controlar) a sus hijas. Alguien encargó un performance en el que otra niña de seis años, viva, bailó ballet al son de un solo de violín y tiernas alitas de ángel, sin importar que la vida de Yuliana no podía estar más lejos del ballet y los violines, y sin percatarse de lo cruel que era poner a otra niña a bailar (entretener) en la portería del infanticidio. Pero Yuliana es nuestra “buena víctima”; un poquito más de vida y nos la habríamos ingeniado para juzgarla.

Ni Lucía ni Yuliana nos pueden contar su historia. La responsabilidad de su memoria es nuestra. Pero las vidas de las mujeres y niñas no nos importan más que nuestros prejuicios. Basta que las muertas hayan tenido un segundo de placer o libertad para que se acabe nuestra empatía.

@Catalinapordios

 

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