Las buscadoras

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Oscuro como la violencia que no para, fuerte como un ácido que quema las tripas, desgarrador, Río Muerto, de Ricardo Silva Romero, parece escrito a brochazos de dolor. Escupido de dentro, como Juan Rulfo escupió Comala, donde se confunden los vivos con los muertos y el único común denominador es la barbarie. “Parece como si sus 700 casas entejadas fueran un río lleno de basura que se va ensanchando pero no llega nunca al mar, un río que no se va a morir porque es un río muerto”.

Pienso en los 190 ríos colombianos alimentados con miles de cuerpos desmembrados, arrojados a sus aguas sin pudor alguno, víctimas arrancadas de la vida por el único delito de estar vivos en el lugar equivocado, mujeres violadas y empaladas, jóvenes y niños empujados a esos caudales sin posible rescate. Miles de ellos ya encontrados cientos de kilómetros aguas abajo, reconocidos después por algún tatuaje, cicatriz o pedazo de camisa. En fin. Miles que no se encontrarán jamás, ya sus órganos, sus pieles, confundidos con los lechos arenosos de esos ríos o dispersados en el mar. Viajeros sin retorno arrastrados desde Puerto Wilches, Puerto Salgar, Puerto Triunfo, Marsella, o desde más arriba donde el Magdalena y el Cauca comienzan, o desde los Llanos del oriente, atrapados en esos enormes caudales.

Recuerdo el 29 de noviembre de 2018, cuando por primera vez en este país de mentiras centenarias y tapen tapen se formó la Comisión de la Verdad, presidida por Francisco de Roux y 11 personas más, todos ejemplo de probidad y honestidad, empezando con ese gurú espiritual y sabio de Alfredo Molano Bravo, que dedicó su vida a caminar y escuchar.

Las mujeres, las víctimas calladas, las que no pescaban porque ese era oficio de maridos, las que tenían una relación básica con sus ríos, lavar o bañar a sus hijos; esas mujeres que quedaron viudas, huérfanas, sin hijos, fueron llegando como un valor heroico con sus historias ante los diferentes comités de la Comisión, adquiriendo un rol importantísimo y clave en la búsqueda de esta verdad esquiva y enterrada de nuestra historia. Una a una, en grupos, con las almas retorcidas de tristeza, condenadas a vivir olvidadas como sus seres queridos, se transformaron en las buscadoras, ya reconocidas internacionalmente, conformando una pieza clave en este rompecabezas sangriento, aportando su verdad y su dolor. Contando cómo guerrillas, paramilitares y Ejército fueron perpetradores de esta práctica continua y macabra. No se puede olvidar que la camioneta donde los paramilitares embutían los cuerpos sin vida antes de arrojarlos a las aguas en Puerto Wilches se llamaba “La Última Lágrima”.

Lo que jamás pensaron estos bárbaros fue que los ríos hablan y son fuente de memoria. Aunque en alguna época ya daba miedo pescar, porque todos los ríos olían a muerto. Ya les llegó la hora de sacar sus verdades a flote. “La naturaleza se rebela ante la infamia”.

Posdata I. La Comisión de la Verdad no juzga ni condena, escucha para develar las verdades de este conflicto que la mitad del país ignora y la otra mitad no quiere que se sepa. La Comisión contribuye al esclarecimiento de la verdad, reconoce a las víctimas como ciudadanos con sus derechos vulnerados y trabaja para la no repetición de esta barbarie. Punto.

Posdata II. ¿Cómo se atreve este “pelucón engominado” y torvo de apellido Pinzón a insinuar “sesgos ideológicos” de la Comisión? Como una víbora sinuosa y asqueante, lanza al aire esta frase envenenada y ponzoñosa. ¿De dónde salió este sujeto? Definitivamente muchos, muchos tienen terror de que triunfe la verdad en este país construido a base de mentiras. Solo la verdad nos liberará del dolor, la culpa y la vergüenza.

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