Por: Arturo Guerrero

Las calles y las flores del mal

A mediados del siglo antepasado Charles Baudelaire escribió “Las flores del mal”, libro de poemas en que evidencia su agobio por París y la naciente vida moderna. En uno de ellos consigna el siguiente lamento: “la calle atronadora aullaba alrededor de mí”. El precursor de los poetas malditos, que le darían un vuelco a la literatura, abominaba del estruendo de las calles.

¿Qué habría sentido Baudelaire si alguien le hubiera soplado al oído que siglo y medio más tarde unas calles similares habrían de consolar a un país? Pues ese país es Colombia, esas calles son nuestros retazos de pavimento y ese tiempo es hoy. Las calles de esta gente linda son escenario de cacerolas, tambores, clases al aire libre, performances femeninas, carteles llenos de poesía e ironía.

El lamento del poeta solo podría justificarse por la barbarie de unos robots forrados de negro, que irrumpen con sus gases contra muchachos inermes y apacibles. Se ha comprobado que cuando estos caminantes avanzan con sus cantos, en muchedumbres nunca antes vistas, pasa la mañana, pasa la tarde, entra la noche, y no se rompe un vidrio.

En contraste, basta que se asome aquel pelotón antidisturbios para que en efecto el carnaval se vuelva disturbio. En ese momento se enciende la adrenalina, vuelan los insultos, aturden las armas no letales que ciegan ojos y abrevian cabezas. También las piedras surcan el cielo y grupúsculos decimonónicos sueltan sus bombas Molotov con candelas por las que tienen debilidad las cámaras de los noticieros. Baudelaire sonreiría ante la validación de su mirada del mal.

¡Alto ahí! Las calles de la consolación no son las del Esmad ni las que elevan la sintonía de la televisión. Son otras. Son las calles que, luego de sesenta años de guerra y cuarenta de neoliberalismo, al fin acogen a unas estirpes asqueadas por cien años de soledad.

Mañana va a ser un mes del 21N, día desde cuando estas calles no han parado de parar. Faltando poco para el fin de 2019, estas calles aporreadas sorprendieron hasta erigirse como otro personaje del año. Retomaron la condición de sitios donde se profesa la política, de ágoras de deliberación y dialéctica semejantes a las del pueblo griego inventor de la democracia.

Si en las redes sociales todos informan como periodistas, en las calles todos mandan, todos sueñan en plural. Aquí se le agregan tripas al cerebro. Aquí se hace la revolución con cha cha cha, como decían los cubanos en tiempos clausurados. Aquí se acude a un festejo y el festejo es una protesta con danza, sabor, abrazo.

En las alcaldías bogotanas de Antanas Mockus se comenzó con una semilla: el espacio público, donde se ejerce la cultura ciudadana. Se le ilustró a la gente de los barrios deprimidos que mejorar y embellecer el entorno urbano es otra forma de elevar el ingreso familiar.

Hoy retoña esa siembra. El espacio público emergió para los jóvenes como lugar de vínculo, sala de baile en que se detestan las flores del mal que los amargan y se vislumbra otro mundo posible.

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