Por: Juan Manuel Ospina

Las campañas del miedo

Se agota la forzada e interesada división de los colombianos entre amigos y enemigos de la paz.

Las campañas finalmente entendieron que la inmensísima mayoría de los colombianos está harta de la guerra y del discurso guerrero; que quiere cerrar ese capítulo triste y enormemente destructivo, para abrirle camino a los temas propios de una sociedad normal: empleo, educación, vivienda, salud, justicia y seguridad ciudadana. Le reclaman a los candidatos la garantía de poder vivir en una sociedad digna, donde se respeten los derechos. Ahí están las encuestas para corroborarlo. Esta situación la reforzarán en el próximo cuatrienio, los compromisos y programas que se acuerden en el marco del postconflicto y la tarea ciudadana de construir las condiciones para una paz duradera.

Hay dos sectores que sin embargo le siguen haciendo el juego a la supuesta polarización entre amigos y enemigos de la paz: los periodistas y los académicos. Ya Juan Gossaín confrontó lapidariamente a los primeros: “En esta campaña me he sentido avergonzado de ser periodista”. Los académicos y columnistas, salvo contadas excepciones, se han dedicado de manera unánime y repetitiva a gritar “ya viene el lobo” disfrazado de Caperucita Zuluaga, pues de su gobierno no puede esperarse sino destrucción y muerte; que sus ocho años, con reelección incluida, significarían más de lo mismo que impuso Uribe durante sus dos períodos presidenciales. Solo movilizan el miedo al uribismo, sin análisis que sustenten la afirmación; repiten que a Uribe lo mueve el odio y el espíritu de venganza con las FARC, por haberle asesinado a su papá; que él no contempla sino la derrota y la rendición de la guerrilla, pues no le cree a la paz y menos a las FARC, principal cartel de la droga.

Son afirmaciones congeladas en la situación de hace años, ocho o doce, cuando la mayoría de los colombianos pedían mano dura con una guerrilla que desdeñaba y pisoteaba el anhelo de paz de los colombianos - siete millones votaron en su favor a la par que por Pastrana-. Uribe fue el político que captó ese estado de ánimo ciudadano y lo transformó en propuesta y acción política y por ello, el grueso del país entonces lo acompañó. Hoy el querer ciudadano, como ya se dijo, apunta en otra dirección donde el anterior discurso Uribista de la guerra ya no es el que moviliza a los electores. Uribe con su capacidad de interpretar el “sentir ciudadano” sabe que la guerra ya no va. Mientras tanto, nuestra academia sigue enfrascada en el análisis y comentario de lo que ya no es.

Del otro lado del ring político están los supuestos enemigos de la paz. A ellos Santos les da miedo, no les da confianza porque le faltaría la firmeza y sobre todo el compromiso para lograr no un acuerdo cualquiera, sino el que Colombia necesita para alcanzar una paz sólida para la nación y con la nación. La crisis generalizada de credibilidad que enfrenta el Presidente, es la principal enemiga de su reelección; si algo necesita una negociación es confianza en el negociador y si algo le falta al actual proceso es la confianza de la gente. Lo quieren pero desconfían de él.

El Presidente elegido va a enfrentar un grave problema de gobernabilidad, en medio de un escenario político desafiante. Santos con una oposición frontal de un Uribismo que siente que le habrá arrebatado las banderas de la paz y con unos “compañeros de ruta” de la izquierda democrática radical, presionándolo para que cumpla sus compromisos, mientras tanto Germán Vargas a sus espaldas… Por su parte Zuluaga, fuera de la oposición del Santismo derrotado, tendría que hacerle frente a la fracción furiuribista gritándole traición, traición.

Ninguno de los bandos por separado tendrá la gobernabilidad, no solo en términos de votos parlamentarios, ni la legitimidad democrática necesarias para firmar los acuerdos que terminen el conflicto, someterlos al voto ciudadano y luego liderar la gran tarea de transformaciones que requiere la paz. Matices que parecen no interesarle a nuestros acuciosos intelectuales, o tal vez consideran que nada tienen que ver con el proceso electoral. Grave error.

 

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