Las “Cartas a Antonia”

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Llevo tres días leyendo, subrayando, volviendo a leer, envuelta en un torbellino de emociones, de recuerdos, de lágrimas internas que me ahogan sin salir, las Cartas a Antonia que Alfredo Molano Bravo le escribió a su nieta desde el día en que ella nació hasta cuatro días antes de su propia muerte. No sé si la última la alcanzó a leer Antonia, quien ya había regresado a Cuzco hacía diez días, tranquila en medio de esa incertidumbre dolorosa, pues su abuelo había terminado ya su ciclo salvaje de radioterapia y quimio, y preparaba junto a Gladys un viaje de descanso a Honda para iniciar ya el proceso de recuperación.

Como escribe Alfredo Molano Jimeno en el prólogo sobre su padre: “Y fue tanto el amor y el miedo que tenía de no estar con ella (Antonia) cuando fuera adulta, que hace muchos años decidió escribirle un libro. Texto que inicia con una carta que leyó el día de su bautismo, cuando tendría tres años. Este libro no es una reunión de cartas desperdigadas al azar en sus correos o archivos. No. Es un texto póstumo pero no inconcluso. Lo escribió hasta unos días antes de su muerte. La mayoría de las cartas estaban ya corregidas e incluidas en una carpeta con el nombre que llevaba el libro (...) muchas veces se le oyó hablar de este texto, no como uno más de veinte y tantos libros, sino como el mejor regalo que le habría hecho a esa niña que tanto amó. Lo cierto es que cuando mi papá murió, este libro estaba terminado”.

Recuerdo un viaje a Quito. Alfredo y María Elvira, su hermana, se encontraban para el lanzamiento de Del otro lado. Libro que en seis historias relata ese conflicto en la frontera colombo-ecuatoriana donde se reúnen desplazados, fugitivos, atropellados por la violencia homicida donde “todos son malos y buenos a la vez”. Coincidimos y fuimos invitados a San Agustín de Callo, la hacienda incaica en las faldas del Cotopaxi. María Elvira me contó lo de las cartas. Alfredo religiosamente le escribía a su nieta las experiencias de esos viajes. Se me apretó el corazón cuando leí el capítulo sobre Quito, San Agustín, el Cotopaxi y el cráter del volcán.

Creo que Cartas a Antonia es su libro más importante porque es el único en el que Alfredo habla. Dedicó su vida a escuchar y darles voz a aquellos silenciados y anónimos, víctimas de la crueldad infinita de este país, pero jamás lo habíamos escuchado a él, a ese hombre silencioso, que en tenis, mochila, lomo de mula y pata atravesó ríos y subió caminando este país para contárnoslo.

Es un libro casi impúdico en el que Alfredo, carta por carta, desnuda su corazón y su ternura, sus miedos, sus angustias, sus dolores... esas pesadillas donde lo persiguen los perros feroces de ojos verdes de la muerte. Ese corazón que se abre en poesía al describir los atardeceres, los árboles, el cantar de los pájaros, ese amor incondicional por el Llano y sus ríos, por esos páramos llenos de frailejones y de flores diminutas, esas cuencas de agua formadas por el musgo que luego se transforman en caudales arrolladores que recorren y bañan nuestra geografía.

Ese libro que le cuenta a Antonia nuestra historia de violencia y sangre, en palabras para una niña que se asoma a la vida... esa dolorosa y tajante fuerza de sus dolores a la adolescente que ya está madura para ser su confidente. Esa lealtad y amor por su familia nuclear y extendida, como patriarca, sabio jefe de tribu que no abandonó jamás.

Gracias a las Cartas a Antonia podemos también conocer a ese Alfredo niño, llorando de dolor al ver el gorrión muerto, o ensimismado mirando las nubes y emocionado con su primer caballo. Al hombre maduro compartiendo su lucha por la paz y la justicia. Al hombre frágil acorralado por la muerte y el dolor, que nos enseña a entrar a ella con los ojos abiertos y a entregarse en espíritu a la aceptación del sufrimiento.

Cuatro días antes de su muerte escribió: “Según los médicos ahora habrá una etapa de recuperación. Iré a Honda unos días y regresaré a Bogotá a retomar muy formalmente la Comisión. Sé que orar exige tener derecho a pedir, siempre y cuando se le haya abonado en sacrificio, que es lo que trato de hacer a menudo, entregándome a Su Voluntad”.

No alcanzó a llegar a su Ítaca amada. Los perros de la muerte lograron, al fin, darle la última tarascada. Pero se fue con la ilusión de la jornada, de la mano de Gladys, que jamás lo abandonó.

Gracias, Antonia, por permitirnos compartir tus cartas, ese legado incondicional de amor.

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