Las cifras de los invisibles

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He sido partidario de manejar la crisis desatada por esta pandemia de la manera más prudente y con la mayor cantidad de restricciones posibles.

Lo correcto ha sido que, sin perder tiempo, los Estados hayan decretado y prolongado sus aislamientos obligatorios totales, haciendo énfasis en la protección de niños y adultos mayores, el uso limitado de sistemas de transporte, el cierre de colegios y fronteras, solo permitiendo una indispensable actividad empresarial y comercial. Ante una situación desconocida y extremadamente difícil de manejar, que con facilidad conduce al colapso de los sistemas de salud, no hay camino diferente si de privilegiar la vida es de lo que se trata.

Quienes abogan por el levantamiento de las restricciones para recuperar la normalidad dentro de la anormalidad tienen cifras económicas dramáticas en las que fundan sus legítimas peticiones, que claramente invitan a la reflexión: aumento del desempleo, disminución del comercio, recesión, cierre de negocios, entre otros. Se exponen cifras crudas y rudas, por demás innegables.

Sin embargo, quiero centrarme en algo que creo da la razón a quienes hemos entendido que, en esta primera etapa de la crisis, la meta debe ser la de salvar vidas. Así sea por un momento, no miremos las cifras económicas, ni tampoco miremos las cifras de contagiados y muertos, por aterradoras que sean. Miremos otra cosa similar, pero con diferente enfoque.

Miremos lo que puede llenarnos de buena energía, de esperanza. Si los economistas tienen cifras alarmantes para pedir normalidad, los epidemiólogos las tienen para soportar las bondades de las medidas restrictivas. Me refiero a las cifras de personas que, gracias a las restricciones y buen juicio, aún no se han contagiado y siguen vivas, pues eso es lo que realmente hemos salvado.

En un estudio publicado en Nature Research Journal y realizado por epidemiólogos del Imperial College (Londres), estimaron que las medidas restrictivas han salvado más de tres millones de vidas en 11 países europeos y que la tasa de transmisión del coronavirus disminuyó en un 82%.

De otra parte, un estudio de investigadores de la Universidad de California en Berkeley (EE. UU.), también publicado en Nature y que examinó las medidas adoptadas en seis países (China, EE. UU., Francia, Italia, Irán y Corea del Sur), concluyó que la propagación del virus se alteró de tal forma, gracias a las medidas restrictivas adoptadas, que allí se logró evitar el contagio de más de 530 millones de personas.

Pensar en los que no se han contagiado y en los vivos es lo que nos llenará de esperanza, es lo que nos animará como sociedad a hacer lo correcto en el momento oportuno. Esto es lo que nos permite entender que el esfuerzo de aislarnos es más importante, en este momento, que el de pretender minimizar los efectos sobre la economía.

Como se dice en esos mismos estudios: tristemente hemos invisibilizado a quienes no se han contagiado y a quienes siguen vivos gracias a las medidas restrictivas adoptadas. A los sanos y vivos no los contamos en las cifras oficiales, porque nos hemos encargado es de contar tragedias: contagiados, muertos, desempleados y quebrados, invisibilizando siempre a quienes deberían ser los más visibles, que son, al fin y al cabo, por quienes esta sociedad está dando la pelea.

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