“Las ciudades invisibles”*

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Tal vez Dorotea sea apenas una visión Kublai Jan: un luminoso presentimiento en la incertidumbre apabullante del poder del Gran Jan de los Tártaros.

Algo parecido al deseo; apremiante pero incierto; imposible para siempre quizá.

Un espejismo entre tantas ciudades conquistadas; una noche de insomnio del descendiente de Gengis; ruinas de sus inconmensurables dominios.

Quién sabe si solo ausencias de una ciudad infinita que se repita en otras sin parecerse a ninguna, sea la ciudad que el veneciano describe al melancólico emperador del mundo; ciudades difíciles, sin tiempo, sin espacio.

Como Diomira, habrá ciudades de metal y de cristal cuyas lámparas serán más luminosas en las noches de septiembre, y siempre cantará sobre sus cúpulas un gallo de oro.

Otras, como Isidora, serán ciudades de sueño; ciudades para mirar pasar la juventud; lugar en donde los deseos son ya recuerdos, libros que nunca se escribieron; fragmentos de lecturas del silencio.

Como Valdrada, hay ciudades que son galerías; espejos en los que se repite la dignidad de las imágenes; lugares en los que se prohíbe abandonarse al azar y al olvido.

Que niegan o acrecientan el valor de las cosas según el espejo en que se reflejen; que se miran constantemente una a la otra sin amarse; condenadas a doblarse una en otra sin ser iguales; ciudades que invierten sin cesar los rostros y los gestos.

Del deseo, es Zobeida la ciudad; lugar en el que todos los hombres tienen el mismo sueño y miran la misma luna blanca; paraje en el que jamás se repetirá ese sueño colectivo que la trazó; aposento de las trampas; de la mujer que la vuelve laberinto en la memoria de los hombres de otra ciudad que, igual en su noche de blancura la soñaron.

Entre tanto, las ciudades se vuelven obsesiones en la memoria y el deseo del Gran Jan.

Por sus laberintos y espejos, por los caminos que de ellas parten y jamás retornan, se extravía el hombre más poderoso de Oriente; el rey de los tártaros que ve en Marco Polo antes que, al constructor de ciudades, al narrador de ellas; de urbes que puedan, siquiera en la quimera del sueño, existir y ser creíbles.

En sueños quiere un imperio cubierto de ciudades; ligeras como el aire; de ficticio espesor.

Leves como la gasa, así son las ciudades que quiere desde el sueño Kublai Jan.

Como Lalage, aquella en donde las cosas crecen indefinidamente al conjuro de la luna.

O sutiles como Octavia, en la que todo cuelga para hacer más incierta la vida de sus habitantes.

De las ciudades en blanco y negro que simbolizan su imperio, Jan sabe que para dominarlas solo tiene que imaginarlas sobre un tablero de ajedrez.

Invisibles en su orden, solo bastan las piezas de aquel cuadrado de saltos infinitos para adivinarlas en otros saltos, los del caballo; en la altanería de otro rey; en la dignidad del peón.

Desde lejos, algunas ciudades nos dan noticia exacta y fiel de cuanto son de cerca; nada que en ellas se mire y perciba igual desde afuera guarda esa apariencia y simetría con lo que es por dentro.

Una es la ciudad del que parte y otra la del que llega al mismo punto de partida del otro.

Aunque sea Irene la ciudad “a la que se llega la primera vez”, e Irene, otra vez, “la que se deja para no volver”.

Entre los rostros de su imperio sin límites, añora el Gran Señor la ciudad que se resista a las pestes de ratas y arañas; a la inundación de las serpientes, a los ejércitos de moscas y termitas.

Tal vez entonces, al final de su tragedia de poder, encuentre Kublai Jan a Teodora, la ciudad humana; la misma que ahora entre nosotros se levanta invisible

* “Las ciudades invisibles”, Ítalo Calvino. Ediciones Minotauro, 1995.

** Poeta

@CristoGarciaTap

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