Por: Carlos Granés

Las consultas que enredan

El perspicaz Juan Villoro lo expresó de forma inmejorable: somos los bárbaros de una nueva época. Las redes sociales y las nuevas tecnologías son herramientas sensacionales, fruto del ingenio y de la más sofisticada acumulación de conocimiento científico, a las que damos el mismo trato que nuestros arcaicos parientes antropoides daban al palo y a la piedra. Hemos entronizado el capricho irreflexivo, el estado de ánimo, la filia y la fobia, y en consecuencia vamos por las redes haciendo mucho ruido y cazando pelea tras pelea. La herramienta que debía hacernos más cosmopolitas nos encierra en guetos, reafirma los propios gustos y los propios odios y nos devuelve a la pequeña tribu de la que tardamos varios siglos en salir.

Las redes son fantásticas para propulsar campañas solidarias y dar a conocer hechos que de otra forma, sobre todo en países autoritarios, permanecerían en la sombra. Aun así, la atmósfera que se respira en ellas recuerda al Medioevo, y los pocos ilustrados que intentan convertirlas en espacio de debate civilizado deben soportar la furia y la estulticia. A veces los admiro, a veces los compadezco. No sé si son la vanguardia civilizatoria de esta nueva época, o mártires que desperdician su tiempo y su talento razonando frente a un gallinero.

Este ambiente enrarecido también ha favorecido las consultas populares, y uno podría pensar que son el equivalente real del fervor virtual. Que todo lo decida la gente, como si ciertas cuestiones públicas pudieran dirimirse a punta de likes. El que se siente envalentonado por el eco de ese pueblo que cree tener a su favor da el zarpazo. Que mi voluntad se convierta en voluntad general llamando a la gente a votar por alguna nueva cruzada. A eso me suena el absurdo intento de Viviane Morales de imponer una consulta popular para determinar si las parejas homosexuales (¡y los solteros!) pueden adoptar. En esa iniciativa se replica la misma lógica. Vamos todos a machacar a esa minoría que exige igualdad de derechos. Vamos todos a repudiarlos y a demostrarles que el pueblo está en su contra.

Lo peor del caso es que esto se vende como algo muy democrático, cuando en realidad es todo lo contrario: una mayoría heterosexual decidiendo los derechos de una minoría homosexual. Debe recordarse que la democracia se diferencia de otros sistemas políticos porque, pudiendo sumar mayorías para arrollar y silenciar las voces minoritarias, las respeta. Y no sólo eso: les da voz parlamentaria y libertad para que vivan de acuerdo a sus ideas, inclinaciones y creencias. El referéndum de Viviane Morales supone un golpe a este principio.

Y además es un arma de doble filo. Quizás ella también sufre del efecto Facebook y cree que toda la humanidad piensa como ella. Se equivoca. Aunque los evangélicos han crecido en número, no dejan de ser una minoría en Colombia. Así las cosas, ¿qué ocurriría si algún católico, tan fanático y obtuso como ella, lograra imponer una consulta popular para prohibir las iglesias evangélicas? Morales está escupiendo para arriba. Como todos los fanáticos, no se da cuenta. Cree que una grieta en la democracia no trae consecuencias. Olvida que ese hueco nos vulnera a todos, y que las redes sociales, tanto como los referéndums, no las carga Dios sino el diablo.

 

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