Por: Piedad Bonnett

Las cosas

Alguna vez hablé en esta columna de Las cosas, el libro en que Georges Perec narra la vida de una pareja a través de lo que adquiere a lo largo de los años: libros, discos, muebles, objetos inútiles. Con ironía, Perec muestra cómo sus personajes pasan de estudiantes pobres a intelectuales aburguesados, atraídos por la vida sofisticada.

Algunas preguntas que aquel libro me suscitó —¿cómo hablan de nosotros las cosas que nos rodean? ¿son ellas un lastre? ¿deberíamos vivir sólo con lo esencial, como predican ciertas doctrinas?— me las he vuelto a hacer a propósito de un debate que ha crecido en torno al  bestseller de Marie Kondo, una mujer apasionada del orden desde la niñez,  que presentó el año pasado su teoría bajo un título que, a pesar de su altisonancia, no logra ocultar su vocación de autoayuda: La magia del orden que cambia la vida: el arte japonés de limpiar y organizar. 
 
No he leído el libro de Kondo, no sólo porque tengo cosas más interesantes que leer, sino porque  intuyo que el  mandato central que aspira a darle trascendencia a su teoría (“despréndete de todo lo que no te dé felicidad”) banaliza problemas de los que se ha ocupado siempre la filosofía, desde los estoicos y los epicúreos. Y sin embargo, que haya vendido más de dos millones de copias y desatado tan fervientes reacciones en contra, es una señal de que nuestra relación con los objetos siempre nos inquieta. 
 
Pienso que una cierta organización es siempre sana y necesaria, pero que  el exceso de orden es un desgaste inútil de energía y de tiempo. Por otra parte, creo firmemente en las palabras de Lear, el personaje de Shakespeare: “los más bajos mendigos tienen, aún en su pobreza, algo superfluo”. Por eso mismo, admiro el carro de balineras del  cartonero que se engalana con todo lo que brilla en el reciclaje, me enternece el indigente que cuida sus perros y colecciona hallazgos y encuentro hermosas esas piecitas humildes que se adornan con  imágenes religiosas y afiches de estrellas de cine y adornos baratos. “A lo largo de la vida rebuscamos, echamos raíces y hurgamos entre nuestras cosas, porque eso es parte de lo que significa ser humano. Nosotros atesoramos”, escribió Dominique Browning en The New York Times, contradiciendo a Marie Kondo. Si viviéramos tan sólo con lo que la naturaleza nos demanda, nuestra vida sería semejante a la de las bestias, sentencia Lear, recordando la distancia que hay entre un hombre desnudo y uno vestido.
 
Hay que reconocerle a Marie Kondo que procede de una tradición de sobriedad, a la que, como dijo Tanizaki, la vista de un objeto brillante le produce malestar. La misma que han querido  imitar los minimalistas occidentales, que en aras de la sofisticación han hecho que muchas casas parezcan fríos galpones.   Entre gustos no hay disgustos. Pero que nadie intente  culpabilizarnos por los  libros que se amontonan, la piedra traída del paseo, la vieja lámpara que persevera, el pisapapel que nos regaló el alumno. Borges dijo que las cosas que nos rodean “durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca  que nos hemos ido”. Sí. Pero en manos de otros serán siempre lo último que hable de nosotros. 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett

Imparables

La explotación de la propiedad intelectual

Prohibir, obligar y castigar

“Una moral rural-gamonal”

Lo simbólico cuenta