Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Las cosas de la fe

DADA LA AVALANCHA DE MACROES-cándalos que ha tenido que soportar el país en los últimos meses, de pronto sea interesante fijar la mirada en algún tema pequeño. No porque lo pequeño sea hermoso, como reza un aforismo —noble e insensato, como suelen serlo los aforismos hippies—, sino porque los problemas de dimensión más manejables se pueden describir y entender mejor. Y son a veces más bien divertidos.

Una buena ilustración son las notarías.  Si he entendido bien, los notarios en Colombia son “guardas de la fe pública”. Eso, en plata blanca, amable lector, quiere decir que muchos agentes privados y públicos no creen en su palabra —pues usted puede bien ser un ladrón o un embustero— pero en cambio sí creen en la del notario. Por eso, cientos, miles, de actividades cotidianas tienen que pasar por las manos de un notario, generando un producto final (el “papel autenticado”) sin el cual no se pueden llevar a buen término. Los economistas podrían mirar el asunto fructíferamente desde varias perspectivas. Por ejemplo, la de los costos de transacción, en este caso concreto, cuánto paga una sociedad dada por sufrir de desconfianza endémica.

Hasta aquí, santo y bueno: la desconfianza no sale de la nada, y si un país ha pasado décadas con altos niveles de violencia y corrupción, como es nuestro caso, no extraña la centralidad que tiene la figura especial que defiende la fe pública. Pero aquí es donde viene el giro sorprendente, el busilis del asunto. Pues resulta que en los últimos días esa figura reiteradamente ha protagonizado eventos deplorables. Revísense las noticias de las últimas semanas. Aquí, una notaria prácticamente compró su asiento, después de formalizar un documento (¿autenticado?)  en el que prometía servir a la congresista que la había colocado. Responde a las naturales preguntas de los periodistas de manera agresiva y descompuesta. Reemplaza a otra, oscura e inepta, a la que sacaron para poder poner a la nueva.  Allá, dos energúmenos, entre ellos un notario, cogieron a trompadas a una persona que había denunciado a uno de ellos por corrupción.  No estaban avergonzados. No muy sorprendentemente, eran primos, o sobrinos, o amigos, de alguien muy importante (de gente rica, de gente peligrosa).

Como siempre, hay que evitar las generalizaciones abusivas. Me imagino que habrá notarios buenas personas, que respetan los semáforos y no se roban los ceniceros cuando uno los invita a una fiesta. Pero me parece evidente que la actual figura del notario, y la forma de escogencia del personal que llena esas funciones, son hoy insostenibles. De hecho, distintos gobiernos (incluido este, el de la lucha contra la corrupción y la politiquería) han propuesto sendas reformas al funcionamiento de las notarías. Pero nunca las han llevado a cabo. Parece haber aquí un mal equilibrio: el Ejecutivo necesita el coto de caza para pagarle favores a sus amigotes;  la sociedad está abrumada por asuntos más grandes; y el premio es lo suficientemente atractivo como para que los pocos candidatos viables al cargo (el amigo del amigo del amigo…) se peleen a dentelladas por él. Pues las notarías son gordas ubres que cuelgan del vientre de ese gozque derrengado que es nuestro Estado. ¿Y qué pasa con la entidad que las regula? Aquí la respuesta es simple: nada. El resultado final es desmoralizante, potencialmente desestabilizador (como lo ilustra la yidispolítica) y grotesco. ¿No es hora de acabar este terrible parasitismo que prolifera alrededor de la “fe pública”, y sobre todo de dejar de hacer el ridículo?

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