Por: Arturo Charria

Las cosas perdidas

Siempre he imaginado que debe existir un lugar a donde van todas las cosas que perdemos; cosas que buscamos por horas, días e incluso años, y que nunca aparecen.

Hace poco me di cuenta de que perdí una maleta. No tenía nada de especial, ni me ataba ningún afecto a ella. Sin embargo, noté su ausencia cuando me vi dando vueltas por el apartamento buscando un estuche en donde guardaba otro objeto muy preciado: una pipa. Dejé de buscar el estuche y comencé a buscar la maleta pensando que ahí podría estar mi pipa: Es más grande y fácil de encontrar, pensé para darme ánimos. Además, una nueva búsqueda borra por un instante la frustración de no encontrar aquello que sabemos perdido.  

Busqué por días la maleta. Como suele ocurrir, comenzaron a aparecer otras cosas extraviadas: libros inacabados, viejos recortes de prensa y películas que siempre quiero repetir. Aparecieron muchas cosas valiosamente acumuladas, pero insignificantes en comparación con aquello que buscaba con desespero. Lentamente uno comienza a hacer el duelo, pensando ya no en lugares en los que puede estar eso que buscamos, sino en dónde pude haberla perdido: un café, un taxi, la casa de un amigo. La posibilidad de robo siempre existe, pero eso no anula la categoría “cosa perdida”.

Ahora bien, que haya perdido una maleta no es una novedad. Con frecuencia pierdo libros, llaves y sombrillas, artículos que considero vitales en mi existencia. Luego están esas cosas únicas, que pueden ser producidas en masa, pero de la que existe una sola: aunque haya miles idénticas, jamás se podría reemplazar. Como esa pipa que estaba en el estuche dentro de la maleta perdida.

El problema con esas cosas perdidas es que entran en una neblina perpetua: van y vienen entre la posibilidad de estar en algún lugar y desaparecer para siempre. A veces, sentado a kilómetros de distancia, me veo abriendo puertas de armarios, removiendo cajas y pesados objetos para buscar si detrás de ellos está eso que busco. Ni en la libertad de la imaginación aparecen esas cosas perdidas.

Sin proponérmelo, en las noches he venido llenando con otros objetos la maleta en donde tengo la absoluta certeza de que estaba el estuche que contenía la pipa. Allí tengo cosas queridas y perdidas desde los tres años. Esa maleta, que antes cabía en mi espalda, hoy podría ser tan grande como un edificio con cuartos llenos de estanterías, en donde he ido dejando y catalogando las cosas que jamás volveré a ver. En las noches, cuando la vigilia le gana al cansancio, repaso las estanterías que he convertido en vitrinas; les limpio el polvo y en ocasiones tomo uno de esos objetos entre mis manos. Me basta con sentirlo para verlo arder como una estrella solitaria en medio de la noche.

Con el paso del tiempo la maleta se ha ido expandiendo como la memoria que contiene recuerdos sobre recuerdos. Sin embargo, si un día encuentro la maleta y allí la pipa que tanto quiero, porque me la regaló Alina Cor, no sabría qué hacer para trastear de nuevo ese edificio de cosas perdidas, en cuyos pasillos me pierdo cada noche hasta quedarme dormido.   

 

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