Por: Arlene B. Tickner

Las cosas por su nombre

Ante las revelaciones de que dos bombarderos Tu-160 Blackjack de Rusia violaron el espacio aéreo colombiano en dos oportunidades, el 28 de octubre y el 1º de noviembre, en su trayecto entre Caracas y Managua, no se han hecho esperar las advertencias sobre el peligro para los intereses nacionales.

En su edición más reciente, la revista Semana especula. “¿tal vez fue un mensaje a Colombia de que si no aplica el fallo los nicas también tienen aliados?”, e invita al país a abrir los ojos ante “lo que está pasando en términos geoestratégicos y militares en América Latina”. Pronunciamientos similares han hecho reconocidos columnistas, políticos y militares.
Pocos días después de la intromisión rusa, un buque de investigación científica de los Estados Unidos también incursionó sin autorización en aguas colombianas del Caribe. La reacción del presidente Santos fue similarmente cauta en ambos casos: fueron atribuidos a errores frecuentes y nada extraordinarios, frente a los cuales “no hay que armar una tormenta en un vaso de agua”. Aún así, el episodio ruso dio lugar a una nota diplomática de protesta y alarma general, mientras que el estadounidense se dio por superado. Aunque no es difícil intuir por qué, no deja de asombrar el sobredimensionamiento de la presencia de Rusia en América Latina y sus implicaciones para Colombia.

Después del fin de la guerra fría y la disolución de la Unión Soviética, América Latina desapareció de la agenda exterior rusa. Sin embargo, desde principios de los 2000 la región viene formando parte de una estrategia que busca mostrar que Rusia sigue siendo una potencia mundial. Desde entonces, sus objetivos en América Latina han incluido vender armas, promover relaciones comerciales, contrarrestar las posiciones estadounidenses y consolidar su visión de un orden multipolar en el que Washington no sea el único actor dominante. El ascenso de gobiernos de izquierda en la región y sus esfuerzos por ganar distancia frente al país del norte crearon un fin común.

Desde 2009, Rusia ha sobrepasado a Estados Unidos como proveedor principal de armas en la región, con ventas que aumentaron en 900% entre 2004 y 2009. Aunque gran parte de las adquisiciones fueron hechas por Venezuela, la muerte de Chávez y la crisis económica venezolano han llevado a buscar otros clientes, entre ellos Brasil y Perú. En el tema del narcotráfico, Moscú ha promovido acuerdos de cooperación y ha abierto un centro de entrenamiento en Managua, sobre todo para neutralizar la presencia de Washington en Asia Central. No obstante, su papel en la lucha antidrogas no es amenaza ninguna para los intereses estadounidenses, ya que parte de una visión similar, si no más punitiva, del problema.

Si bien entre Rusia y América Latina existen acercamientos sugerentes, éstos no se traducen en relaciones estratégicas que llevarían a los rusos a defender a sus aliados regionales (incluyendo a Nicaragua), interdependencia económica ni coordinación diplomática en torno a intereses comunes. En el caso del comercio, por ejemplo, los flujos comerciales ascendieron a tan solo $13.300 millones en 2012, en comparación con casi $800.000 millones en el caso de Estados Unidos y $255.000 en el de China. Hay que llamar las cosas por su nombre.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner