Por: Arturo Charria

Las cosas que dejamos en los libros

Los libros, esos objetos en los que cabe el mundo, también guardan pedazos de nuestra vida en pequeñas cosas que vamos dejando en ellos. En ocasiones tiene la forma de un viaje: un lugar, una hora, un día. A veces, es una nota que escribimos con la urgencia y el miedo de olvidar algo, para revelarnos, años después, cómo cambian nuestras prioridades.

Iván me dijo que en una biografía de Dostoievsky guarda el perfume de una vecina de la que estuvo enamorado durante su adolescencia. Francisco, que enumera recibos, entradas de museos, facturas, tiquetes aéreos y fotografías, me dijo que sacarlos sería como arrancarle hojas al libro, son parte de su historia.

Muchas veces son accidentes fortuitos. Son objetos que sin tener clara su procedencia van apareciendo entre las páginas, incluso les encontramos una función como separador o como marca de lectura. Se quedan ahí para siempre y nos recuerdan un momento exacto de nuestra vida. Es la entrada a una película o a una obra de teatro; es un recibo sin pagar de la luz que aparece meses después de haber pagado la reconexión. Buscando intencionalmente esas cosas dejadas entre mis libros, encontré una larga lista de tareas por hacer que nunca terminé. En algún arrebato de productividad enumeré 17 tareas de las que solo concluí seis.  

Pero también hay cosas que intencional y sistemáticamente dejamos entre las páginas de los libros. Una fotografía querida, una postal de un viaje recordado y que adquirimos en medio de la lectura. Carolina, por ejemplo, guardaba las cartas que su novio le escribía en el libro que en ese momento leía. Federico, que escribe tantos poemas, dice que podría armar una antología con los versos sueltos que va dejando entre las páginas de sus libros y que a veces se caen, como si le exigieran que los sacara del olvido. Carlos va dejando billetes entre sus libros y considera que es una manera de ahorrar para los días de crisis o, por lo menos, una manera de pasar la crisis reencontrándose con sus lecturas preferidas.

Renson y Andrés son felices encontrándose con historias en los libros de otros. Renson siempre cuenta la historia de una edición de segunda que compró de Ortega y Gasset de La deshumanización del arte. Dice que allí se encontró con dos fotografías viejas. En una había un joven en la noche de su matrimonio, y en la otra, el mismo hombre, pero más viejo llevando flores a una tumba. En esas fotos estaba el resumen de la vida. Andrés revisa la biblioteca de sus padres y es feliz cuando se cae un papelito o una foto, porque entonces juega a descifrar un momento indefinido en la vida de ellos.

Tim O’Brien, en su bello cuento Las cosas que llevan, afirma que “llevar algo era cargarlo sobre sí”, mientras recuerda a un teniente que combatió junto a él en Vietnam. Ese teniente guardaba, como si fuera su última provisión de comida, las cartas de un amor que sabía no era correspondido.

Así, los libros cargan con una parte de nosotros, de la misma manera que nosotros nos relacionamos con el mundo a través de las lecturas que cargamos a lo largo de la vida. A veces basta una pequeña gota de té sobre una página para recordar el viaje más increíble. Como esa mancha sepia que Julián me señaló sobre su querido libro de Pamuk y a través de la cual me habló, durante horas, de lo feliz que fue un verano en Turquía.

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