Por: Elisabeth Ungar Bleier

Las democracias fuertes necesitan partidos fuertes

EL INCUMPLIMIENTO DE LOS A-cuerdos para elegir las mesas directivas del Senado y de la Cámara de Representantes el pasado 20 de julio en el Congreso de la República fue un capítulo más del proceso de desinstitucionalización y de debilitamiento de los partidos políticos que se ha venido dando en los últimos años en Colombia.

La reforma política de 2003 y la Ley de Bancadas de 2005, que tuvieron como propósito fortalecer el sistema de partidos y los partidos políticos, arrojaron resultados alentadores en los primeros años después de su aprobación, pero éstos se han visto desbordados por las realidades y costumbres políticas de algunos sectores políticos que parecen blindados frente a cualquier intento de cambio. Éstas se expresan en la creciente personalización de la política promovida y practicada desde las más altas esferas gubernamentales, en la creación de partidos para responder a intereses y conveniencias coyunturales y su instrumentalización como simples maquinarias electorales y mecanismos para aprobar la agenda legislativa del Gobierno. Después de siete años de ser parte de la coalición de Gobierno, es evidente el desgaste de este modelo partidista que poco ha contribuido a que éstos sean algo más que intermediarios de puestos y prebendas.

La consecuencia más reciente, pero seguramente no la última, fue el “cambiazo” de las directivas del Congreso. Ésta no respondió a unos acuerdos programáticos entre diferentes fuerzas políticas, sino a la necesidad de perfilar un nuevo mapa político con miras a una coyuntura electoral incierta. Pero sobre todo es la secuela inevitable de cambiar las normas y la Constitución sobre la marcha para acomodarla a los intereses de los gobernantes en ejercicio. Esto fue lo que sucedió en junio pasado con la aprobación del parágrafo transitorio 1 de la reforma política que “(…) autoriza dentro de los dos (2) meses siguientes a la entrada en vigencia del presente acto legislativo (…) por una sola vez, a los miembros de los cuerpos colegiados de elección popular o a quienes hubieren renunciado a su curul con anterioridad a la vigencia del presente acto legislativo, para inscribirse en un partido distinto al que los avaló, sin renunciar a la curul o incurrir en doble militancia”.

Esto significa revivir el transfuguismo político, práctica determinante en el deterioro de los partidos y bastante conocida por quienes hoy ocupan las presidencias del Congreso.

Hoy es más real que nunca la frase “sin Uribe no hay uribismo”. El poco interés del Presidente de la República en promover unos partidos fuertes e institucionalizados no sólo se está convirtiendo en un obstáculo para el referendo reeleccionista y para la agenda legislativa del Gobierno, sino en un factor de desestabilización política hacia el futuro. Las democracias fuertes necesitan partidos fuertes que les permitan a los ciudadanos identificarse con ellos y sentirse representados y unas reglas del juego para recuperar la confianza en la política. Y no que el Ministro del Interior y de Justicia exprese que para dibujar el nuevo mapa político del país basta con convocar a su despacho a los dirigentes de la coalición de Gobierno. El problema es más de fondo, señor Ministro.

Buscar columnista