Por: Héctor Abad Faciolince

Las desgracias por venir

EN 1954 UN JOVEN PERIODISTA DE 27 años, Gabriel García Márquez, escribió el primer reportaje de su vida y lo publicó en El Espectador. El tema era una catástrofe ocurrida en las laderas de Medellín.

Más concretamente, un alud de tierra de los que recurrentemente se llevan casas, vidas, edificios, en mi ciudad. Dice el reportaje de un Gabo todavía feliz e indocumentado: “Ingenieros y geólogos aseguran que hace 60 años debió registrarse allí un primer deslizamiento de grandes proporciones. Desde entonces estaba agrietado el terreno […]. Prácticamente hace 60 años comenzó a generarse la tragedia”.

Pues bien, han pasado ya otros 60 años desde ese reportaje, y las tragedias siguen. La que García Márquez narró fue la de la Medialuna, con más de 100 muertos y 200 mil m3 de tierra deslizada. Luego vendrían Villatina (30 mil m3 de tierra, más de 500 muertos), La Gabriela (50 mil m3, 82 muertos), Santo Domingo (cuatro mil m3 de tierra, 80 muertos), Cola del Zorro (45 mil m3 de tierra sobre casas de lujo en El Poblado, 12 muertos)… La más reciente es el derrumbe de la torre Space, que no sabemos si se debe a causas geológicas o a mal cálculo estructural, o a ahorro en el uso de materiales de construcción, pero en todo caso la edificación está en una zona geológica problemática.

Gran parte de los suelos de ladera de mi ciudad están compuestos por algo que los geólogos llaman “dunita de Medellín”. Este material pedregoso, cuando aumentan o disminuyen los niveles de agua, es muy inestable. Esto hace que aquí los cimientos de los edificios tengan que ser mucho más profundos y sólidos. Y cuanto más se construya, más área impermeabilizada hay en la superficie, menos agua se absorbe y menos manto vegetal que proteja la tierra de deslizamientos superficiales o subterráneos. Como se construye en una zona de alto riesgo geológico los costos se elevan para los constructores, y cuando los costos suben tanto, la tentación de ahorrar en los materiales es muy alta, para poder ofrecer viviendas competitivas. Aun cuando el colapso de la torre de Space podría no haber sido por causas geológicas, sí son las dificultades geológicas las que obligan a hacer una construcción más cara, lo que alimenta la tendencia a encontrar soluciones arriesgadas para economizar. Esta mezcla es diabólica.

Medellín —como muchas otras ciudades colombianas— está situada en un valle largo y estrecho rodeado de montañas. Buscando evitar el clima duro de la zona tórrida la mayoría de los colombianos vivimos encaramados en la cordillera. Pero no hemos aprendido todavía a lidiar con ella. Si seguimos ocupando las laderas del modo irresponsable en que lo hemos hecho en el último siglo, las tragedias se van a repetir. Ricos y pobres nos colgamos de las partes más escarpadas de la montaña, incluso en pendientes que pasan del 50%, donde las probabilidades de que la tierra se desmorone aumentan exponencialmente. Aunque los alcaldes redacten un POT más restrictivo (como hizo Fajardo), los constructores renuevan licencias concedidas con el POT anterior, más permisivo, y siguen especulando con las tierras escabrosas. Además los intrigantes del gremio de la construcción financian a políticos para que les den más permisos.

El actual alcalde, Aníbal Gaviria, ha aprobado planes magníficos, como el parque lineal del río, que atrae gente y edificaciones hacia la parte plana y segura del valle. Pero al mismo tiempo propone el despropósito de un monorriel en la alta ladera, que llevaría a densificar la población en áreas de alto riesgo. Un cinturón verde está muy bien, pero el monorriel, además de ser un despilfarro (20 millones de dólares por km), es un absurdo ambiental.

Toco madera, pero creo que nuestras condiciones combinadas de difícil geología, planeación incompleta e ingeniería optimista nos traerán nuevas catástrofes. Si no ocupamos la montaña de un modo ecológico, con buen urbanismo y con respeto a lo que dicen los geólogos, la perspectiva de nuevas tragedias es casi segura.

 

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