Atalaya

Las deudas de sangre

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A mediados del siglo pasado, un hombre alto y enjuto, nacido en Donmatías, Antioquia, ocupaba un sitial de importancia en las altas esferas políticas y sociales de Colombia. Liberal desde la cuna, ocupó varios cargos públicos durante las décadas de los 30, 40 y 50. Fue médico y estudió psiquiatría en Harvard. Siendo un extraño híbrido de intelectual y político, tuvo la ocasión de poner en práctica sus propias posturas ideológicas y “científicas” cuando ocupó cargos públicos, y fue así como pudo implementar sus tesis sobre educación siendo rector de la Universidad Nacional y ministro de Educación.

Sin embargo, todo lo anterior se desdibuja ante la herencia vergonzosa que nos legó a sus descendientes y que hoy, casi un siglo y cuatro generaciones más tarde, es una carga que aún incide negativamente en nuestras vidas. Luis López de Mesa era racista y xenófobo. Lo era públicamente y lo demostró a lo largo de su vida y a través de sus escritos, cuyas tesis higienistas y discriminatorias están hoy proscritas, afortunadamente, de la academia nacional. Pero quizás lo más grave es que siendo canciller de la República, durante la Segunda Guerra Mundial, les cerrase las puertas del país a los judíos sobrevivientes del Holocausto, dándoles órdenes expresas a todos los consulados y embajadas de no emitirles visas.

Los hijos heredamos la fama y las deudas sociales de nuestros padres y abuelos e incluso yo, que nada tengo que ver con mi tristemente célebre ancestro, que ni siquiera lo conocí pues nací casi una década después de su muerte, he tenido que vivir a lo largo de toda mi vida con la marca de las acciones de Luis atadas a mi persona. Hace unos años, por ejemplo, en la entrevista para ser admitido en la maestría en Historia de la Universidad de los Andes, una prestigiosa profesora al leer mi nombre me preguntó sin siquiera mediar saludo si no me daba vergüenza llamarme como me llamo. En muchas otras ocasiones, incluso en las críticas a mis columnas y en mi trabajo como profesor, la asociación ha emergido y aunque hoy he aprendido a convivir con el estigma, tengo hijos y desde pequeños he debido hacer un acento mayor en explicarles acerca del fardo con el que nacieron.

Jorge 40 es un paramilitar condenado por sus delitos y la historia no es ni será benigna con él, como no lo es, ni debe serlo, con Luis López de Mesa. Los hijos no heredamos las deudas de sangre de nuestros padres. Sin embargo, hay afrentas y dolores que la sociedad no olvida ni debe olvidar fácilmente. Los herederos de quienes causaron dichas afrentas no somos culpables, pero tampoco podemos evitar nuestra parte de responsabilidad heredada, aunque sea simbólica, y debemos estar aún más atentos y ser aún más sensibles frente a la emocionalidad que todavía despiertan los actos de nuestros antepasados. Si a mí me nombraran embajador en Israel, por ejemplo, por respeto con la comunidad judía y como forma de reconocer el agravio pasado y de aportar a la reconciliación, nunca podría aceptarlo. Aún hoy, casi un siglo después, entiendo que sería una provocación innecesaria para la población judía.

Desde aquí nos sumamos a las voces que reclaman que Jorge Rodrigo Tovar reconsidere si la mejor opción para él y para el país es aceptar su nombramiento como coordinador de víctimas del Ministerio del Interior, pues así como se heredan, sin quererlo, propiedades y privilegios, también se heredan estigmas, responsabilidades y cargas.

@Los_Atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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