Por: Alexa Zárrate Díaz

Las disculpas de Uribe

LA NACIÓN DE LILIPUT ES FAMOSA en todo el planeta por un rasgo especialísimo: sus habitantes (el 90% al menos) miden apenas seis pulgadas de estatura. Ello, lejos de acomplejar a los liliputienses —pueblo de gran moralidad, honesto y temeroso de Dios, no obstante lo diminuto— es por el contrario motivo de gran orgullo pues, como todo el mundo sabe, Liliput es pasión.

Se entiende entonces que un individuo de un discreto metro y sesenta centímetros fuera considerado una excepción, un verdadero Hombre Montaña, en Mildendo, capital del Reino (la palabra Reino ha de escribirse siempre con mayúscula, para compensar los trastornos de crecimiento de los nativos). Éste apareció un buen día, montado en su caballo bayo y luciendo sombrero aguadeño. Observó los problemas que aquejaban a los liliputienses y les planteó, con meliflua voz y acento montañero, las bondades de Convivir, y así los ha convencido por cerca de seis años.

Los liliputienses, por su parte, están encantados con su inteligencia superior, su firme mano y su descomunal corazón, para no mencionar otros aspectos pintorescos del Hombre Montaña, como su enorme y pública devoción religiosa, la habilidad para no derramar el café mientras monta su caballo bayo, el innegable don de hechizar a la prensa y la elocuencia con que calumnia a sus escasos opositores sin llegar jamás a sonrojarse. El Tiempo ha demostrado, sin dejar lugar a maliciosas dudas, que el Hombre Montaña es un gigante militar invencible.

Por eso fue realmente extraordinario ver el pasado 16 de julio a este hombre de colosales proporciones, hoja en mano y micrófono al cinto, enfrentar Él solo las cámaras de los noticieros del mundo: Uribe ofreció excusas.

¡Qué caballo de Troya ni qué ocho cuartos! La historia recordará la ‘Operación Jaque’ como el non plus ultra de la estrategia militar, según el Mini de la Defensa. En todo caso, ver al re (¿rerre?) Presidente asumir la responsabilidad política por el error de uno de sus comandos —o de tres, Sun Tzu no se detendría en semejantes pequeñeces, más bien encomendaría la redacción del Arte de la guerra a José Obdulio Gaviria— al encubrirse bajo la divisa de la Cruz Roja Internacional, es una escena que impacta.

En su momento Íngrid, quien asumió la vocería de sus 14 compañeros de infortunio, narraba el 2 de julio que durante el cautiverio ella y los demás plagiados se convirtieron en “expertos en saber quién los llevaba”, y dijo haberse extrañado al no reconocer en los helicópteros —recién pintados— insignias de organización humanitaria alguna o por lo menos de los enfants de la Patrie.

Lo que verdaderamente ocurrió en la ‘Operación Jaque’ no quedó registrado en video, ni saldrá de la selva, ni lo develará CNN. Las indagatorias a los también minúsculos César y Gafas, el mentís —oportunamente silenciado— de Clara Rojas a ciertas declaraciones de la nueva Juana de Arco y los rumores de una millonaria transacción para pagar el rescate divulgados por la prensa europea, así lo sugieren.

Ofrecer excusas es un acto de gallardía, en especial cuando se asume el error de un subalterno al que, por demás, ¡oh magnanimidad!, se exime de castigo. Pero el acto no basta para inyectarle credibilidad a un proceso que, como la parodia en que se funda esta nota, parece extraído del improbable mundo de la literatura y del anhelo desesperado por vivir en una Utopía. No es de extrañarse, pues, que quieran llevar el episodio al cine.

* Decana Comunicación Digital, Universidad Antonio Nariño.

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