Por: Alejandro Gaviria

Las dos culturas

EN 1959, HACE 50 AÑOS, EL ESCRItor inglés C.P. Snow publicó un polémico libro titulado Las dos culturas.

De un lado, están los intelectuales literarios, los escritores y sus elocuentes propagandistas; del otro, los científicos, los investigadores y los literatos con inclinaciones empíricas. La clasificación propuesta pretendía señalar que detrás de las palabrotas y los sermones no había nada, que muchos intelectuales literarios, como el proverbial emperador, estaban desnudos o mal arropados para quien abriera los ojos o dudara de la farsa.

Sesenta años después, las ideas de Snow siguen siendo relevantes para el ejercicio necesario de la crítica a la crítica. En Colombia y en buena parte de América Latina, los intelectuales literarios son amos y señores de los espacios de discusión y análisis de la realidad social. Pero sus ideas, sobra decirlo, no son un paradigma del rigor o del apego a los hechos. Su manía inductiva, su tendencia a pasar de los episodios particulares (o de la observación psicológica) a los juicios generales, es curiosa, casi patética.

Para Daniel Samper Pizano, por ejemplo, el sacrificio de “Pepe”, el hipopótamo errante, es un reflejo de la colombianidad, de nuestra tendencia a resolverlo todo a bala. De lo hecho a lo dicho hay mucho trecho, pero no importa: muchos intelectuales no están en el negocio de las opiniones contrastables. Para ellos basta un simple ejemplo, un solo episodio, para proponer una teoría general, una visión simplificada de la sociedad. Las élites colombianas, dicen, son egoístas; los políticos, oportunistas; las clases medias, arribistas. Lo mismo, olvidan, ocurre en todos los lugares y ha ocurrido en todos los tiempos. La clase media, por ejemplo, siempre ha mirado hacia arriba, en la China contemporánea, en la Inglaterra de las novelas de Jane Austen, etc. Pero algunos intelectuales criollos decidieron hace un tiempo que el arribismo era una manía local.

El problema no es sólo de los colombianos. La novelista mexicana Elena Poniatowska denunció recientemente la supuesta falsedad de sus compatriotas. “Los mexicanos —escribió— llevan varias máscaras y se esconden detrás de ellas. Dicen sí cuando en realidad no van a hacer lo que afirman, como cuando dicen nos vemos el jueves y nunca te ven. Los mexicanos son evasivos, tienen miedo a caer a mal o a que no los quieran… Cuando están diciendo que sí saben en el fondo, muy bien, que no lo van a hacer. Te voy a buscar, dicen, y saben que no te van a ir a buscar nunca”. ¿No hacen lo mismo, cabe preguntar, los bogotanos o los habitantes de cualquier metrópoli latinoamericana? ¿El miedo al desamor no será más un característica de la especie que un capricho de los mexicanos? La crítica social de muchos intelectuales no resiste dos preguntas improvisadas.

Pero los intelectuales no sólo yerran en sus diagnósticos; su visión del cambio social también tiende a ser equivocada. Muchos suponen, como escribió el economista Albert Hirschman, que el cambio social no es incremental, sino instantáneo, “un breve interludio entre dos sociedades estáticas: una, injusta y corrupta, que no admite la posibilidad de mejora, y otra, racional y armoniosa, que ya no es necesario mejorar”. En fin, cincuenta años después, no está de más recordar la crítica de C.P. Snow a los intelectuales literarios, a los omnipresentes profesionales de la carreta.

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