Por: David Yanovich

Las dos marchas

La gente que se levanta a las cuatro de la mañana, que va marchando a trabajar, que camina cuatro o cinco horas a su casa cuando un puñado de personas deciden bloquear el transporte público. Los comerciantes, que de manera resignada y resiliente deciden abrir sus negocios, sin saber muy bien qué ocurrirá en el transcurso del día. Los empresarios, que con tesón, asumen riesgos, tomando decisiones complejas, maniobrando en un ambiente de negocios cada vez más difícil. Los profesores, que deciden ejercer con dignidad, amor y respeto por su profesión y por sus estudiantes, una de las labores más importantes para la sociedad. Los jueces y abogados, poniendo en riesgo sus vidas en un país violento, que decide tomar la justicia por sus manos, pero que no obstante siguen adelante. Los campesinos, que trabajan en un campo complejo, con dificultades constantes, con infraestructura precaria y con poco acceso a las más elementales herramientas para trabajar y llevar sus productos al mercado.

Los funcionarios públicos honestos y comprometidos, que aunque mal pagos deciden trabajar día a día por tratar de hacer de Colombia un país mejor, poniendo su patrimonio y su dignidad en la línea de fuego cada vez que firman un papel.

Los estudiantes, que con pasión de juventud y con el idealismo de un futuro mejor se forman para aportar a la sociedad su conocimiento y trabajo, para tratar de construir un país distinto. Los periodistas, que a pesar de las adversidades y las amenazas buscan informar y contar las noticias de un país que no para de producirlas.

La Policía y las Fuerzas Militares, que se juegan su pellejo y su vida luchando por tratar de mantener algún asomo de orden entre organizaciones criminales y mafiosas, por un lado, y con una población que muchas veces los recibe más bien con insultos que con agradecimiento, por otro.

Son estos colombianos los que dan esperanza, los que marchan todos los días a progresar y a hacer de este un país mejor. A pesar de algunos dirigentes mezquinos y enfrascados en discusiones que realmente poco tienen que ver con el bienestar de la sociedad y más con las pequeñeces del poder. A pesar de un sector populista que está dispuesto a acabar con la estantería institucional, sin importar las consecuencias. A pesar de un Estado paquidérmico y muchas veces injusto y desigual, que necesita reformas, pero con debates de altura, hablando con la verdad, sin falsedades y mentiras. A pesar de dogmas, mentiras e insultos que se riegan sin un esfuerzo distinto a 140 caracteres y un “Enviar”, y que miles de personas creen sin verificar, sin reflexionar.

A pesar de un comité de paro que nadie eligió, pero que parece querer ejercer un cogobierno en un país democrático, que votó por sus dirigentes en elecciones y no en la calle, con amplias mayorías, y que decide ejercer el control a través de mecanismos institucionales. Ellos no gobiernan. Deberían más bien ventilar sus ideas a través del diálogo, y si quieren manifestarse y protestar, que lo hagan sin afectar los derechos de los demás. Negarse a conversar es la mejor manera de desvirtuar lo que dicen defender. Y si lo que quieren es gobernar, deberían someter sus ideas y propuestas a las urnas, al juego de la democracia. Solamente así, y dialogando, lograrán legitimidad.

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2019-12-03T00:00:04-05:00

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