Por: Eduardo Sarmiento

Las dudas del G-20

Se requiere un cambio de modelo económico para darle prioridad al mercado interno.

La cumbre del G-20 dejo más interrogantes que respuestas. Quedaron al descubierto las enormes  dificultades para construir consensos y actuar en forma coordinada. La única decisión concreta consistió el ampliar en US$ 1 billón los aportes al FMI.

Las discusiones no ocultaron las divergencias entre Estados Unidos y Europa y las visiones antagónicas para enfrentar la crisis. Estados Unidos propuso ampliar los programas de estímulos fiscales y Europa solicitó avanzar en una estricta regulación financiera mundial. Ninguna de las dos iniciativas fructificó.

Europa cuenta con una estructura social, basada en subsidios al desempleo, restricciones a los despidos, universalidad de la salud y la educación y elevada presencia sindical, que la aísla del desempeño económico. De allí que en esas economías las alteraciones de la producción tengan un menor impacto sobre el empleo. Los países no están muy dispuestos a comprometerse en gastos y obligaciones financieras que afecten la organización construida durante cuatro décadas.

En contraste, Estados Unidos  se ha movido hacia una estructura de libre mercado que deja al sector social al arbitrio del crecimiento económico. Así, las variaciones de la actividad productiva tienen enormes efectos sobre el  empleo. La única forma de evitar los efectos destructivos del la crisis sobre las grandes mayorías es recuperando rápidamente el crecimiento del producto nacional, que en las últimas décadas se tornó dependiente de la especulación y la valoración de activos. Tan cierto es esto que, luego de los insucesos para reactivar la producción, los esfuerzos se han  orientado a inyectar liquidez y rescatar instituciones para inflar la burbuja que desató la crisis.

En realidad, ninguna de las dos regiones está dispuesta a modificar su modelo. Europa no está urgida por recuperar el crecimiento y Estados Unidos pretende hacerlo con la misma organización que condujo a la crisis. Ni siquiera se han logrado poner de acuerdo  en una política fiscal integrada, que es lo menos que se puede hacer para detener el desplome de la economía mundial.

Lo más preocupante es que los líderes mundiales no han advertido que la raíz de la crisis está en el  orden internacional que surgió  de la globalización y que la solución no puede lograrse con acciones aisladas. Se resisten a aceptar  que ellos, o sus antecesores, montaron al mundo en un sistema inestable. EE.UU. mantiene elevados consumos que se manifiestan en un cuantioso déficit en  cuenta corriente sustentado en la entrada de capitales, los cuales son atraídos por la rentabilidad y la valorización de los activos, y provienen de los bajos salarios y el excesivo ahorró de los países emergentes. Como la elevación de los precios de los activos no podía continuar indefinidamente, en algún momento el andamiaje tenía que venirse abajo. A renglón seguido, la desvalorización de los activos ocasiona exceso de ahorro sobre la inversión que se manifestó inicialmente en EE.UU., provocando el desplome de la producción y el empleo.

Posteriormente, las acciones para ampliar la liquidez, cuando la tasa de interés estaba cerca de cero, frenaron los capitales que venían de los países superavitarios para adquirir sus exportaciones. El exceso de ahorro se trasladó a los países emergentes y los mercados internacionales se cerraron a la fuerza.

El panorama es alarmante. Los líderes mundiales no revelan voluntad para cambiar las concepciones teóricas y las instituciones  tradicionales. En el fondo, pretenden resolver la crisis dentro del mismo modelo que la causó. No se ha avanzado en un diagnóstico de consenso sobre el origen internacional de la crisis, ni en un plan conjunto para superarla. Las  soluciones giran alrededor de acciones aisladas que resultan infructuosas o insuficientes.

Frente a esta realidad, los países emergentes tienen que actuar con sus propios medios para contrarrestar los efectos colaterales de la propagación de la crisis que adquiere la forma de colapso cambiario mundial. Las economías como la colombiana se enfrentan a excesos de ahorro y cierre en los mercados internacionales que las precipitan en recesión y en déficit en cuenta corriente de más de 5% del PIB .

No es un estado que se pueda enfrentar con las políticas convencionales. Se requiere un cambio drástico e inmediato de modelo económico encaminado a darle prioridad al mercado interno. Hay que configurar un déficit fiscal de más 4% del PIB  financiado en buena parte con emisión y orientado a la infraestructura intensiva en mano de obra y al gasto social, intervenir el tipo de cambio en forma anunciada, subir los aranceles de los bienes finales y bajar los de las matarías primas y elevar considerablemente el salario mínimo.

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