Por: Juan Carlos Botero

Las élites del pasado

EN ESTOS DÍAS HA VUELTO EL TEMA de las élites y su papel en la historia. Sin embargo, nadie recuerda las élites del pasado con nostalgia, y menos en Colombia.

Es lógico. Durante siglos un puñado de familias dominó las esferas del poder, gozando de privilegios y prestigio, y manejó los hilos del comercio, las finanzas, la agricultura y la administración pública. Eran los amos de la política, y su capacidad para influir en las decisiones del Gobierno, cuidando sus intereses de grupo, bordeaba lo absoluto.

Las grandes masas, en cambio, como en toda América Latina, vivían marginadas del proceso decisorio. En nuestra democracia representativa no todos los sectores estaban representados y unos pocos estaban mejor representados que otros. La clase dirigente, con brillantes excepciones (individuos con vocación de servicio y conciencia de misión histórica), era una élite que disfrutaba el bienestar mientras el resto del país sufría la desigualdad, la parcialidad de la justicia y la falta de oportunidades. Más que una clase dirigente, la nuestra era una clase excluyente.

En Estados Unidos la historia era otra. Los grandes millonarios tenían una meta clara: ser más millonarios. No obstante, también tenían un sentido de la responsabilidad social que se ha perdido con el tiempo. Muchos sabían que, junto con los privilegios tenían deberes, y en las universidades más selectas sus jóvenes eran educados para triunfar, pero también para ser ciudadanos útiles. No bastaba ser rico: se esperaba de quienes gozaban de las ventajas de la vida que ayudaran a formar la patria.

Como siempre, nada lo ilustra mejor que un momento límite de peligro, en donde socorrer al prójimo se enfrenta al sálvese quien pueda. Y el ejemplo más elocuente fue la tragedia del Titanic. En efecto, la mayor diferencia entre la realidad histórica y la película de Cameron fue la conducta de los ricos. En el filme la gente adinerada es cobarde y egoísta, y rechaza la orden suprema de todo naufragio: primero los niños y las mujeres. En realidad, los millonarios actuaron, por el contrario, de manera heroica. Las estadísticas lo prueban. En primera clase estaban los ricos más poderosos del país, y mientras que allí todos los niños sobrevivieron, al igual que casi todas las mujeres (tres quisieron morir con sus maridos), más del 70% de los hombres perecieron. Y en segunda clase, llena de ricos profesionales, el 80% de las mujeres alcanzó los botes de salvamento, mientras que el 90% de los hombres se ahogó. John J. Astor, el hombre más rico de entonces, se abrió paso a golpes para acomodar a su esposa en una de las lanchas y en seguida dio un paso atrás y le hizo una señal de adiós con la mano. Igual Benjamin Guggenheim. Mientras el buque se hundía y las últimas lanchas soltaban amarras, el millonario le cedió su puesto a una mujer y le pidió que le dijera a su esposa: “Dile que jugué limpio hasta el final. Que no se diga que una dama murió en este barco porque Ben Guggenheim fue un cobarde”.

El mundo ha cambiado, sin duda, y en muchos temas para bien. Pero hace falta esa actitud de los poderosos. Un sentido de patriotismo que ya no existe. Las nuevas élites, anotó Kipling, “tienen poder sin responsabilidad”. Y eso es un desastre.

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