Por: Catalina Uribe

Las enfermedades mentales

A DIARIO LEEMOS NOTICIAS SOBRE presuntos enfermos mentales que causan algún tipo de daño a la sociedad.

El caso más reciente es el de Andreas Lubitz, acusado de estrellar el avión de Germanwings contra los Alpes franceses. Después de la tragedia, el copiloto alemán sigue siendo catalogado como el “autor de la masacre” del vuelo 9525. Estas referencias, por supuesto, sugieren, como en muchos otros casos, que quien padece la enfermedad mental tiene agencia y, por lo mismo, es culpable de sus acciones. ¿Usaríamos el mismo lenguaje si al copiloto le hubiera dado un infarto mientras conducía la aeronave y, ésta, por muy mala suerte, no se encontrara en automático?

Es muy notable que hablemos de “enfermedades mentales” pero nunca hablemos de “enfermedades del cuerpo”. Cuando se trata del cuerpo sabemos, en la mayoría de los casos, qué sucede. Hablamos con precisión. La ambigüedad del lenguaje con el que nos referimos a las enfermedades mentales sugiere que no tenemos idea de lo que sucede. Todavía no distinguimos entre una persona triste y funcional de una peligrosa. A todas las pensamos como dementes y en ese mismo saco incluimos incluso a quienes en algún momento de euforia se exaltan públicamente.

El desconocimiento que tenemos de las enfermedades mentales es cada día más evidente. A pesar de haber existido siempre, el mundo moderno con sus ciudades masivas y su presión sobre los individuos desatan lo que antes se contenía, o se manejaba, en ritmos más lentos de vida. Las universidades no saben qué hacer, tampoco las empresas y menos los gobiernos. Al menos ya las nombramos, conocemos más o menos algunos tipos y sabemos que son un problema. Sin embargo, el estigma y el miedo permanecen.

El primer paso para ir erradicando esta ignorancia es dejar de pensar en términos de culpa. La opinión pública parece derivar placer al otorgar culpas. Ocurre lo mismo que sucedía con el sida. En vez de preocuparse por estudiar el virus y buscar la cura, la sociedad achacaba culpas a quien lo padecía. Con esto no estoy diciendo que no se deba procesar a quienes dañen a otros. Simplemente que debemos tomarnos en serio la comprensión de las llamadas “enfermedades mentales” y dejar de seguir creyendo que con el castigo hacemos algo más que apagar un incendio cuyas causas desconocemos.
 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Uribe