Por: Hugo Sabogal

Las enópolis del nuevo milenio

Desde China hasta Argentina se levantan grandes complejos alrededor del vino.

En la antigüedad, a Italia se la conocía simple y llanamente como Enotria, o sea, la “tierra del vino”.

Tras heredar la cultura vitivinícola de Grecia, los etruscos de la península se tomaron tan a pecho el cultivo de la vid y la elaboración de la bebida que no quedó rincón sin viñedos ni racimos. La tradición ha perdurado hasta hoy, cuando todavía, en vez de flores y plantas exóticas, los italianos rurales prefieren plantar parras y olivos para tener siempre a la mano dos de los productos milenarios de la dieta mediterránea: vino y aceite. No en vano Italia se mantiene como el segundo productor de vinos del mundo, después de Francia.

Y Francia, a su vez, hizo carrera con la incorporación de la nobleza y la Iglesia en la producción vitivinícola. Por tanto, y a diferencia de Italia —donde la actividad tenía una extracción predominantemente campesina—, en la antigua Galia el quehacer estuvo inicialmente en manos de las clases dominantes. Todavía existen no menos de 1.200 castillos y propiedades históricas relacionadas con el vino.

En España y Portugal, ciudades enteras como Jerez, en Andalucía, y Oporto, en la provincia del mismo nombre, en la región norte de la antigua Lusitania, se entregaron a la cultura y al negocio del vino.

Y así es que, como tributo al importante papel de estas y otras comunidades, se creó la organización Grandes Capitales del Vino (www.greatwinecapitals.com), para preservar las tradiciones y estimular el turismo y el intercambio educativo y comercial alrededor de la actividad.

A esta entidad pertenecen centros del vino como Bilbao y Rioja, en España; Burdeos, en Francia; Ciudad del Cabo, en Sudáfrica; Christchurch y la Isla Sur, en Nueva Zelanda; Florencia, en Italia; Maguncia y Rheinhessen, en Alemania; Mendoza, en Argentina, y San Francisco y el Valle de Napa, en California. En estas mismas ciudades han surgido atractivos adicionales para ofrecerles a los visitantes, más allá del vino, esparcimiento, gastronomía y alojamiento.

En China, donde el fermentado de arroz ha sido la bebida clásica desde épocas remotas, el vino ha experimentado un crecimiento sin precedentes, hasta el punto de que valiosos castillos y viñedos franceses están en manos de millonarios orientales. Muchas de las transacciones han sido hechas con la condición de que los vendedores asesoren a los nuevos propietarios en el montaje de réplicas francesas a miles de kilómetros, en territorio amarillo.

Es más: es tal el amor de los chinos por el vino que la empresa Changyu Pioneer Wine Co., la más antigua comercializadora de vinos de China, ha anunciado la construcción de la Ciudad del Vino, en la provincia de Shandong. El complejo tendrá 413 hectáreas y requerirá inversiones por 1.000 millones de dólares. La Ciudad del Vino albergará un instituto de investigación, un centro de producción, una oficina de intercambio comercial y viñedos plantados con las variedades de uva más reconocidas del mundo. Como pilar de atracción, incluirá un pueblo al estilo europeo.

Las enópolis del nuevo milenio incluyen, igualmente, proyectos urbanísticos y residenciales, con casas y viñedos propios, en la mitad de campos de golf y de polo. Una de ellas es Tupungato Winelands, en el distrito del mismo nombre, en la parte alta de Mendoza, Argentina, proyecto liderado por el exbanquero y bodeguero José Manuel Ortega. Este tipo de emprendimiento sólo es posible en países con amplias extensiones de terreno disponible. En el caso de Tupungato Winelands se han preparado 400 hectáreas de viñedos, con propiedades que van desde 2,5 hectáreas hasta 4,5 hectáreas, y un área de 3.000 metros cuadrados para la construcción de un chalet. Los administradores se encargarán de comprar la uva y ayudar a transformarla en un vino personal, si el propietario lo desea.

No muy lejos de allí, en el distrito de San Carlos, ha surgido otro proyecto encabezado por la Bodega O Fournier. Se llama O Fournier Wine Partners y en él es posible comprar una hectárea de viñedo o una pequeña finca con espacio para una casa. Las uvas pueden venderse a la bodega o dedicarse a la elaboración de un vino propio. El proyecto de O Fournier también incluye un hotel de lujo, de 40 habitaciones.

Así es que, desde la Italia de la antigüedad, el vino no ha dejado de magnetizar al hombre. Hoy se ha convertido en un medio de prestigio personal o en una opción de vida para aquellos que no quieren pasar el resto de sus vidas en las ciudades. 

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