Las enseñanzas forzadas de la economía doméstica de guerra

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El último grano de arroz que rescaté bajo el refrigerador inamovible relucía a la luz de la linterna esperando a que mi diligencia lo recuperara con un palo. Al abrir el único paquete de arroz de la despensa, media bolsa de granos había caído al piso: me obligué a recoger en cuatro patas, con gafas y paciencia, una por una las semillas del cereal. Cada grano me recordaba la lección de austeridad que los privilegiados —que dábamos la comida por sentado— estábamos ahora forzados a aprender. Esta semilla rota me hacía pensar en la mitad de la humanidad que pasa hambre; la otra, agazapada en un rincón tras la basura, me remitía a la sociedad del desperdicio en la que el mundo se ha permitido el lujo de arrojar al relleno sanitario 1.300 millones de toneladas de comida al año; otra pepa sermoneaba con las voces de las tías el dicho con el que fuimos criados casi todos en Colombia: “¡No bote la comida, que es pecado!”. Y así como las restricciones virulentas nos abren los ojos sobre la limitación de los bienes en la casa, así es con el planeta. Ahora se ve claro.

Hace ya décadas, en los países ricos o más o menos “desarrollados” de este globo se venían gestando unos movimientos subterráneos para volver a la simplicidad voluntaria, la frugalidad en el estilo de vida, la conciencia sobre el consumo superfluo y la preocupación sobre los recursos naturales limitados de la tierra. Sus seguidores eran considerados como una especie de profetas “descarriados”. ¿A quién se le ocurre comer hojas de apio o el tronco de los brócolis, o cortar la zanahoria para que sólo el ojo se arroje a la basura y aprovechar la ralladura del tubérculo pegada al rallador? ¿Y tener sólo dos pares de zapatos y unas cuantas mudas presentables? ¿O cortar el tubo de dentífrico para sacarle las “sobras” abundantes? “Inconcebible. Debe ser una forma de avaricia”.

Todas las tradiciones espirituales de Oriente y Occidente han enseñado que Tener y Ser no son sinónimos. Jesús poseería dos túnicas si mucho, y compartía su pan con multitudes; el príncipe Sidharta, cuando alcanzó la luz, el buddhi, se cobijó bajo un árbol de Ficus Religiosa sin más techo que sus hojas en un hotel de mil estrellas; los hinduistas hablan de los seis pilares de su “dharma eterno” y el tercero es la austeridad, que se practica. Y así sucesivamente, los sabios y los justos han exaltado las virtudes de ceñirse a los básicos para alcanzar la paz de espíritu. Es que dadas las condiciones en las que vamos navegando en el planeta, las docenas de papel higiénico en el garaje de la casa, los armarios atiborrados de modas pasajeras o los cúmulos de juguetes desechables no están siendo muy útiles, parece. Desde luego los pobres del planeta, pobres sin eufemismos sociológicos —así como la pauperizada clase “media”—, han vivido siempre en el ahorro, tasando lo que tienen, apreciando con agradecimiento cada grano en permanente economía de guerra, contra el hambre. Ahora se ve claro.

Y también se ve clara la codicia. Una cosa es prever con sensatez; pero acaparar —esa acción mezquina imperdonable— priva al prójimo de los recursos esenciales que deberían circular fraternalmente. Estos son momentos de hacerle caso a la sabiduría popular que habla con humor y sin complejos de “repartir la pobreza”. Es un imperativo equilibrar los vasos comunicantes como cada quien pueda.  Es prematuro hablar de las consecuencias del fenómeno global, pero no nos permitamos olvidar que hay millones de congéneres sin los bienes fundamentales de la vida: agua, sol, comida, salud pública y techo. El nuevo orden que se gesta en esta crisis es aún amorfo y discutible; sin embargo, está claro para muchos que el Estado debe regresar a su papel de “Estado de Providencia”, haciendo caso omiso en muchas áreas de las despiadadas leyes del mercado, o tendremos que llorar a muchos muertos.Y desde el punto de vista individual, el llamado de los tiempos es a pensar en cómo solidarizarse eficazmente con el prójimo.

 

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