Por: Juan Gabriel Vásquez

Las entrevistas ficticias

Hace veintiséis años, en este mismo periódico, García Márquez dedicó una de sus columnas al tema de las entrevistas con escritores.

En medio de sus diagnósticos curiosos —la incapacidad de negarse a dar una entrevista, por ejemplo, o la compulsión de cambiar las respuestas cada vez, para no aburrirse—, decía lo siguiente: “En realidad, el género de la entrevista abandonó hace mucho tiempo los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción”. Y no pude no pensar en eso a principios de esta semana, cuando la escritora Pilar Quintana me escribió para decirme que acababa de leer en El Colombiano de Medellín unas opiniones que no recordaba haber dado nunca. Otro de los entrevistados era yo; ni qué decir tiene que tampoco yo había hablado con el entrevistador. Así que aquella idea de García Márquez, la entrevista como género de ficción, comenzó de repente a tener para mí un significado concreto y, la verdad, un poco temible.

Era una de esas entrevistas-encuesta donde el periodista le pide a un grupo de personas que hagan un comentario sobre el mismo asunto. En este caso, varios escritores decíamos (pero no decíamos) lo que pensábamos (pero no era lo que pensábamos) de la selva, el mar y la montaña. La compañía, todo hay que decirlo, era maravillosa: ahí estaba Antonio Muñoz Molina, uno de los mejores novelistas de su generación en lengua española, y ahí estaba Juan Villoro, del que se puede sin temor decir lo mismo. A Villoro le escribí preguntándole lo mismo que me habían preguntado a mí, si había dado esa entrevista, y él me respondió con la gracia y el buen humor que siempre tiene: recordándome que también Enrique Vila-Matas había inventado una vez una entrevista con Marlon Brando. Y concluyendo: “Pero ‘mis’ respuestas me gustan mucho”.

Las mías también me gustan, en buena parte. (He sabido, por ejemplo, que el mar me parece muy útil para escapar cuando las cosas se ponen feas, o algo por el estilo). Pero no logro acostumbrarme a estas cosas, no logro comprender las razones por las que un periodista llega al extremo de inventar declaraciones enteras. Ni siquiera me he podido acostumbrar a las tergiversaciones accidentales y de buena fe: hace poco opiné en alguna parte que lo único que une a cierta generación de escritores es la voluntad de transformar el mundo en literatura, y luego me encontré en la prensa con mi opinión transformada: “Los une las ganas de cambiar el mundo”. Mi idea no había sido demasiado brillante, pero la versión final es francamente imbécil, y además contraria a lo que he creído siempre. Pero así se quedó. Para mucha gente, eso es lo que pienso.

Así las cosas, no es de sorprenderse que tantos escritores se enfrenten con pánico a las entrevistas, atormentados por la certeza de que sus palabras no van a aparecer tal como ellos las dijeron, y también por la previsión de que, como en las advertencias policiales, todo lo que digan podrá ser utilizado en su contra. Hace poco hubo en Inglaterra un debate más bien intenso entre un crítico, Terry Eagleton, y el novelista Martin Amis. Tras un artículo de Amis sobre el fundamentalismo islámico, Eagleton lo acusó de incitar a la violencia contra los musulmanes; pero no lo hizo citando el artículo, sino varias declaraciones que Amis había hecho en entrevistas. Y eso, desde luego, es trampa. Lo único que se puede usar contra un escritor es lo que él mismo ha escrito: lo que ha pensado, corregido y dado a la imprenta. Los escritores, idealmente, escogen sus palabras con cuidado; por eso les resulta incómodo encontrarse con palabras tergiversadas, y francamente molesto encontrarse con palabras que no han dicho

La entrevista en El Colombiano es inofensiva, por supuesto: lo que yo diga sobre el mar o la montaña no tiene ninguna importancia. Pero para otra vez, querido periodista, me gustaría decir yo mismo las cosas que digo.

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