Por: Juan David Ochoa

Las fábulas del tiempo

Termina el año y la secuencia cíclica de las revoluciones políticas insistentes y los dilemas democráticos y los excesos de la diplomacia y la sensación siempre alarmante y paranoica del abismo. El tiempo sigue arrastrando su especie condenada a la improvisación y a los círculos entre la cólera y la serenidad, entre la ira y la clemencia, y de nada vale nunca el rito también cíclico de una reflexión en los últimos días del calendario para ajustar el ritmo de los excesos y el acecho de la zozobra. El tiempo seguirá siendo el tiempo con sus milenios a cuestas y sus cuerpos y su historia rodante sobre verdades frágiles y sospechas persistentes. Y la razón, ese supuesto mástil confiable, seguirá deslizándose sobre el cansancio de un lenguaje inventado para soportar la tormenta de los misterios irresueltos. El imaginario colectivo reanudará ese lapso de fechas reguladas, y aparecerá una vez más ese número uno del principio que perturba y altera a la costumbre para suponer que se inicia de nuevo y se reinventan las perspectivas y el orden sobre un mundo tan antiguo como el miedo.

Pero entre todos los fantasmas y los designios que mutan de cuando en cuando entre los mismos años que se van y vuelven entre el delirio, otras verdades entran con el pulso y el peso de una tromba a desafiar la tolerancia y a agigantar la fragilidad. La virtualidad ya está aquí con su cuerpo de espectro sólido y su rumor de kilómetros y su rimbombancia estelar para invertir la categoría de las hechos, las palabras y las cosas, y sobre esa marea continuamos. Entre grandes mentiras imaginadas en la oscuridad de un cuarto o de una central de inteligencia con sucursales anónimas, entre calumnias repetidas por sectas para destruir nombres incómodos y montajes que superan la certeza incuestionable de una imagen para atravesarla con la evidencia de un embuste, y entre los textos que van y vuelven con la misma fugacidad del tiempo desde el norte de Siberia a la última cabaña del Cono Sur sin las evidencias de un juicio y sin las fuentes de una noticia apocalíptica ni las razones por las que se comparten entre un ángulo y otro del mundo con el leve empuje de un índice en un hipervínculo que ha destronado a todas las puertas.

Por esas nuevas puertas de bruma y niebla el mundo vio caer los dictadores antiguos en la Primavera Árabe y el ascenso de Trump, las votaciones definitivas de la separación de Reino Unido del resto de Europa y plebiscitos trascendentales, logísticas rápidas y efectivas para el fraude o la salvación sin mucho tiempo para indagaciones o advertencias.

En esa marea y náusea,  y entre ese ritmo de fábulas y tronamentas de fraude y conspiración, continuamos. Una especie embaucada y asustadiza cumpliendo un año más en el mundo, improvisando sobre sus propios ensayos ordinarios de supervivencia y conservación, acudiendo a los destellos de sus propios inventos para olvidar la terrorífica soledad que zumba al costado del lenguaje, en el lado opuesto de la luz de las pantallas que alumbran ahora la versión del tiempo.

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