Por: Santiago Villa

Las falacias en la lucha contra la corrupción

De nuevo los colombianos están indignados con la corrupción. Una vez más, la gota ha rebasado la copa. Ahora sí tiene que haber un cambio. El país, sin duda, ya no aguanta más. Entramos a la contienda electoral y para todos es claro que la corrupción será el alfil de batalla para el 2018. 

Es bueno que la corrupción indigne y juegue un papel decisivo en las próximas elecciones, pero me temo que los aspectos más profundos de este problema no se solucionan con un cambio de presidente. Los imbéciles son los que repiten el mismo proceso esperando un resultado diferente, y los locos, los que ejecutan procesos distintos pero esperan el mismo resultado. Los imbéciles, por supuesto, somos nosotros.

Dejarse seducir por la bandera anticorrupción en una campaña tiene muchas dificultades, de las cuales señalaré tres.

En primer lugar, es una bandera engañosa, porque para el votante es casi imposible prever el nivel de corrupción que ejercerá un candidato. Todos dirán que luchar contra la corrupción será su principal objetivo y que tienen una amplia experiencia denunciando este delito. Ningún candidato dirá que es corrupto. A los que se les acuse de trampas en el pasado podrán echar mano de sofismas que evadan las implicaciones negativas de su historial. 

En una segunda vuelta entre Alejandro Ordóñez y Germán Vargas Lleras, por ejemplo, ¿cómo podemos saber quién toleraría menos corrupción?  Cuando la Alcaldía se batió entre Samuel Moreno y Enrique Peñalosa, ¿acaso no se eligió a Moreno porque se le percibía como más alejado de la corrupción? ¿Habría sido mejor haber tenido a Peñalosa en el 2008? 

Esto nos lleva al segundo punto: la honestidad del candidato es un tema menor a la hora de elegirlo. No debería serlo, pero es la realidad del sistema actual. (Nota al pie: dejemos por ahora a un lado, pero reconozcamos como importante para el fenómeno que estamos tratando, el hecho de que mucha de la corrupción ni siquiera la ejerce un presidente, sino los funcionarios que nombró el funcionario que nombró al funcionario que el presidente nombró).

El votante quiere un candidato que diga cosas con las que él está de acuerdo o que proyecte una personalidad que lo seduzca. En una contienda electoral puede ser más decisivo que tenga un buen sentido del humor, que sus ideales morales sean más liberales o conservadores, y ante todo, que tenga buena labia. 

Y siendo menos condescendiente con los votantes, puede ser más importante que defienda aquellos programas sociales de los cuales dependa el equilibrio de sus magros presupuestos domésticos. Un candidato puede además reunir todas las características de un buen gobernante, pero no tener carisma. 

Lo decisivo también puede ser que su jingle de campaña sea más pegajoso, que sus spots televisivos sean más divertidos, que el lodo que le arroja a los otros candidatos sea más maloliente. Incluso lo determinante puede ser si su campaña cuelga más afiches o reparte más camisetas. Aparentemente fue así que Odebrecht desequilibró el terreno de juego en contra de Antanas Mockus y a favor de Juan Manuel Santos en el 2010.

Lo que nos lleva a la tercera dificultad. La lucha contra la corrupción no será efectiva hasta que no se desprivaticen las elecciones y se despoliticen los entes de control.

La comercialización de la democracia es la falsa creencia de que las campañas tienen donantes. No. Las campañas tienen inversionistas. Es urgente la financiación estatal de las campañas —y la misma cantidad a todos los partidos—, así como un marco de limitaciones a publicidad y marketing político. Las campañas deben ser actividades de reflexión austera, no ferias de manipulación. 

Por último, quienes llevan el control de la actividad de candidatos y políticos en ejercicio, desde el Consejo Nacional Electoral hasta la Procuraduría y la Contraloría, deberían ser personas ajenas a la política. Que las cabezas de los órganos de control sean elegidos por el Ejecutivo y el Legislativo es como darle a los Urabeños y a los Paisas la potestad de elegir al jefe de la Policía.

El problema supremo es que la pelota va a caer tarde o temprano a manos del Congreso. Habrá que confiar en su limitada capacidad de autorreforma, pues la solución tampoco es saltarnos al Congreso, seducidos por las promesas de un líder mesiánico. Hay que ir paso a paso. La lucha contra la corrupción a menudo parece como empujar la piedra de Sísifo. 

Twitter: @santiagovillach

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