Por: Santiago Montenegro

Las Farc, sin mando

Como muy bien lo dijo Humberto de la calle, la reacción de los colombianos fue unánime y de rechazo frontal al alevoso y cruel ataque de las Farc en la vereda La Esperanza, Cauca, en donde masacraron a 11 soldados e hirieron a muchos más.

Miles de personas, espontáneamente, manifestaron su repudio y se acercaron a los cantones militares y a las estaciones de la Policía para llevar flores y expresar su solidaridad con las Fuerzas Armadas y las familias de los muertos y heridos.

Como es natural en toda sociedad abierta y democrática, existen varias narrativas sobre la naturaleza del conflicto, en general, y sobre la estructura y propósito de las Farc, en particular. Y, cuando un hecho de estos se produce, unas narrativas se fortalecen y otras se debilitan. A mi modesto entender, la masacre de La Esperanza fortalece una narrativa que califica a esa organización por tres características. Primera, es un grupo que tiene un desprecio absoluto por la opinión pública y asume que dicha opinión pública o no existe o es simplemente manipulada por la oligarquía o el establecimiento. Segunda, este grupo ya no tiene una línea de mando, como la tuvo alguna vez, cuando vivían Arenas, Marulanda y Cano. Lo que ha ahora existe es una estructura horizontal de muchos comandantes que se sienten igualmente importantes, que muy difícilmente se ponen de acuerdo y con los que, como consecuencia, es casi imposible negociar. Y, tercera, las Farc tienen un desprecio muy grande por las víctimas, como el que manifestaron por el general Mendieta en La Habana, a quien maltrataron de una manera inconcebible.

Si la opinión no importa, si las víctimas no existen y si no hay línea de mando es mucho más fácil comprender cómo se puede dar una masacre como la del Cauca. Pero, igualmente, si esa hipótesis es cierta, se comprenden también las dificultades que ha tenido el proceso de negociación.

Y, como si no fuese suficiente, la masacre del Cauca también les da fuerza a quienes argumentan que el proceso tiene dos enemigos inesperados. El primero es el gobierno de Maduro, que vería con preocupación un pronto acuerdo, pues, firmada la paz, el Gobierno de Colombia podría tener una política exterior independiente y crítica con relación al gobierno del país vecino. El segundo enemigo sería una parte de la dirigencia cubana, que se opone a las reformas de Raúl Castro y, en particular, al acuerdo con Estados Unidos, pues creen que un eventual levantamiento del embargo y la apertura política llevaría al fin de la revolución. Un colapso del proceso de negociación debilitaría a Raúl Castro, quien se ha apersonado del proceso como obra suya.

En esta columna he apoyado el proceso de La Habana, pero también he argumentado que tiene el pecado original de no haber sido una política de Estado, pues no fue producto de un previo acuerdo de todos los partidos democráticos del país. Pese a estas dificultades, he manifestado mi esperanza por el éxito del proceso. Pero, después de esta masacre y de las trabas y demoras que han impuesto, queda muy claro que si fracasa las Farc serán los únicos responsables. Para su relanzamiento, como mínimo, ese grupo debe definir una línea clara de mando y los negociadores del Gobierno evaluar si, en forma realista, las Farc están en capacidad de hacerlo.

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