Por: Salomón Kalmanovitz

Las finanzas de San José de Cúcuta

UNA GRAN PARTE DE LA POBLACIÓN de la frontera colombiana con Venezuela se dedica a capturar las oportunidades que surgen de los abundantes subsidios provistos por el gobierno del hermano país.

La ilegalidad y la informalidad caracterizan entonces el grueso de las actividades: los pimpineros que traen la gasolina que al otro lado cuesta menos que el agua embotellada, los bienes de primera necesidad que consumen los pobres fronterizos, los cambistas que capturan la diferencia entre el bolívar anclado y su valor de mercado y los venezolanos que vienen a comprar a las grandes superficies de Cúcuta lo que el desabastecimiento interno les niega.

Norte de Santander es uno de los departamentos más pobres del país. Su ingreso por habitante es un tercio del de un bogotano. Pero sólo paga una sexta parte de impuestos locales ($60 mil millones) de lo que paga un capitalino, o sea que está haciendo un esfuerzo fiscal muy inferior y que podría fácilmente duplicar sus contribuciones. Así mismo, recibe transferencias de la Nación ($250 mil millones) cuatro veces el recaudo municipal. Se evidencia de nuevo que el tipo de descentralización que adoptó Colombia –las transferencias como maná que cae del cielo del gobierno central– conduce a la pereza y el desgreño fiscal de sus municipios.

Las finanzas de la ciudad de Cúcuta están marcadas, además, por el bajo recaudo de la sobretasa a la gasolina y la dificultad para cobrar peajes en las vías que se vienen construyendo, de tal modo que recurrieron a la valorización para financiar el anillo vial de la ciudad. Éste está lejos de terminarse y causa enormes molestias cotidianas que tienen enardecida a la ciudadanía; está ensombrecido además por sobrecostos y no se sabe cómo se está financiando la troncal por la que pasan miles de tractomulas cargadas con mercancías que compensan la incapacidad productiva venezolana. Los transportistas exigieron al Gobierno colombiano que adoptara la política venezolana de no cobrar peajes en sus carreteras y lograron al fin una tarifa muy subsidiada, en otro manejo oscuro por parte de INCO, la cuestionada entidad del Ministerio de Transporte.

Siendo Cúcuta una ciudad eminentemente comercial, no se entiende cómo el impuesto de industria y comercio sea más bajo que el predial, que de por sí es ridículo. Aunque el ingreso por industria y comercio ha aumentado en los últimos 3 años, no lo ha hecho al ritmo de la expansión de las exportaciones a Venezuela, del 500% desde 2003 (US$900 millones) a 2007 (US$5.200 millones). El predial en términos reales se deterioró en 2007, a pesar de un aparente auge de la construcción y del aumento de precios de la construcción comercial y de vivienda. Detrás de tan bajos ingresos municipales está el atraso técnico de la administración local, la corrupción, una cartera morosa muy grande, un catastro atrasado y unas tarifas impositivas bajas.

Cúcuta depende de Venezuela en las buenas y las malas. Debe lograr una mayor diversificación de sus fuentes de vida. Tiene yacimientos no explotados de potasio, materia prima de fertilizantes, en altísima demanda, al igual que carbón y otros minerales. Puede invitar a los empresarios venezolanos desafectos a que se instalen en la región, ofreciendo acceso al TLC con Estados Unidos. Convertiría así una futura crisis económica y política de Venezuela en oportunidad. Pero debe primero disciplinarse fiscalmente para mejorar su calidad de vida y acelerar su desarrollo económico.

* Decano de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz

La batalla de los tiempos

¿Quién los está matando?

Un balance preliminar

El futuro cercano

Un gobierno de Duque