Por: Reinaldo Spitaletta

Las “gallinas” del River

Y las “gallinas” se fueron a buscar su nido en el torneo de la B, del fútbol argentino. El fútbol, que para André Maurois era la “inteligencia en movimiento”, es, hoy, no sólo parte de una transnacional de los negocios, sino un modo de la enajenación mental o de las pasiones morbosas que nada tienen que ver con la inteligencia.

O de todas las anteriores. Porque ir más allá de un partido de fútbol, arriesgar la vida por él, matar a otro, o “darle de baja”, como se pudiera decir ahora, es, más bien, parte de la estupidez humana.

El hecho patético lo produjo el River Plate, el cuadro de los millonarios argentinos, el que más campeonatos ha obtenido en la historia del balompié de ese país que tiene al fútbol como una de sus religiones (las otras cuáles serán: ¿Gardel? ¿Perón? ¿Evita? ¿El Che?).

Muy lejos, en la historia, quedó la famosa “Máquina del River”, la misma que tanto tuvo que ver con el fútbol colombiano de los tiempos de maravilla de El Dorado. Muy lejos también de aquella ocasión gloriosa (que coincidió en fecha con la caída fatal a la segunda) cuando ganaron por segunda vez la Copa Libertadores de América, hace quince años.

Se han ido a la B ciento diez años de historia de fútbol. Una humillación. River es hoy el rey de burlas de los hinchas del Boca, de San Lorenzo, de Estudiantes, del Independiente de Avellaneda. Se dice que las redes sociales casi estallaron en Buenos Aires, cuando se conoció el momento fatídico, el destino trágico, del onceno de Núñez, el mismo que en otros tiempos ostentara jugadores como el Charro Moreno, Pedernera, Labruna, el príncipe Francescoli, en fin.

El estribillo aquel (uno de miles) de los del Boca, tal vez el más popular club futbolístico porteño, volvió a escucharse con renovada saña: “Boca no tiene marido, Boca no tiene mujer, pero tiene un hijo bobo que se llama River Plate”. Las hinchadas contrarias dieron gracias a Belgrano de Córdoba “por llevarte a River” al infierno de la B. Y mientras los hinchas rivales festejaban, los de los de la franja transversal roja lloraban.

“A ese ni que se le hubiera muerto la madre”, se oyó decir, cuando las imágenes mostraban a muchachos en el estadio de Núñez, llorar a moco tendido por la caída de su equipo. ¿Qué significados han adquirido las escuadras de fútbol? ¿Por qué la inclinación hacia un equipo lleva a desbordes inesperados? ¿Qué mueve a los aficionados, que más parecen hordas vandálicas, a destrozar tribunas y atacar a jugadores, a la policía, a periodistas?

El fútbol, que tiene conexiones con la teología (todos invocan a Dios para que salve a su equipo, para que los ayude a ganar, etc.), hoy se ha vuelto una suerte de espectáculo de alto riesgo. Peligrosísimo. Porque se ha confundido el deleite, la sabrosura de un partido, con un juego mortal, en el que se expone la vida, sobre todo en las trifulcas entre hinchadas. Aquello que era una especie de “comunismo”, de mecanismo que igualaba en un estadio a ricos y pobres, ahora es literalmente la guerra.

En Megafón o la guerra, una novela de Leopoldo Marechal (sí, el mismo de Adán Buenosayres), hay una escena tremenda que describe un clásico entre River y Boca, en el que, al final de cuentas, los presidentes y tesoreros y secretarios de los clubes, se lían a trompadas “y la lluvia de piñas que se dieron institución contra institución hizo llorar de coraje a los veintidós jugadores recién duchados que asistían a la batalla como espectadores”.

El domingo pasado, las “gallinas” del River cayeron al abismo. Y en el epílogo, en el que hubo llantos, pedreas, palazos, puñaladas, en el que los desmanes abundaron, un cuadro humilde, sin pergaminos, ascendía a la primera categoría. Les llovieron insultos, monedas y pedregones, pero iban como héroes, como los nuevos ídolos hacia el pedestal, al tiempo que dejaban en la cancha a una historia en derrota. Nadie lo creía. Todos los imperios caen. Menos mal.

 

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