Por: Andrés Hoyos

Las grietas de España

LA FIESTA BRAVA PRONTO ESTARÁ prohibida en Cataluña, y aunque los nacionalistas que buscan acabar con ella esgrimen toda suerte de argumentos humanitarios, no queda la menor duda de que la idea de fondo es emascular lo español en Cataluña, como quien capa a un toro. La estrategia nacionalista es despiadada: su eficacia consiste en obrar por demolición lenta y constante.

España ha tenido la mala suerte de oscilar en los últimos treinta años entre dos fuerzas políticas adversas y mediocres, que le fallaron al país cada una por razones diferentes. El PSOE, la fuerza dominante del posfranquismo, instaló la primera ola de la modernización europeizante, pero luego se durmió en los laureles de un primermundismo que creían invulnerable. Felipe González, el único presidente de gobierno socialista que coqueteó con la grandeza, no pudo, no quiso o no supo cómo formar líderes de envergadura en su partido. Así, el último de la fila, José Luis Rodríguez Zapatero, es un hombre pusilánime y desorientado al que la actual crisis le ha quedado más que grande, enorme. Por su parte, el Partido Popular nunca pudo superar el arraigo franquista y tiene hoy en Mariano Rajoy a un hombre vociferante, casi histérico, que tampoco parece capaz de sacar al país del marasmo. Aznar, algo menos incompetente que el sucesor que él mismo nombró, consideró que la gran audacia internacionalista disponible para España era participar de telonero en una guerra absurda como la de Irak. Con líderes así, un país bien puede irse al demonio. Ninguno de los dos partidos ha osado tan siquiera considerar la única salida que había para derrotar a los nacionalismos y que consistía en realizar referendos independentistas sucesivos que se arriesgaran a consultar a la población nacida en cada autonomía, así como a la asentada allí, sobre la independencia. El recurso, por si acaso, es democrático y fue utilizado con gran éxito por Canadá. ¿Que existía el riesgo de perder? Sin duda, sólo que el riesgo sigue existiendo aun sin referendo.

Pero la puerta de los referendos fue cerrada a la brava por una situación económica angustiante que no promete alivios fáciles. La devaluación es, desde luego, imposible. Tendría que venir entonces una muy vigorosa e improbable recuperación de la zona euro para que España volviera a ser un dinámico destino de vacaciones y jubilación de los prósperos europeos del norte. Mientras, como lo sugiere Paul Krugman, la única salida que queda es un lento, largo y penoso proceso de deflación que le devuelva al país su competitividad. Lo otro, desmontar en parte el Estado de bienestar o rebajar de manera sustancial los beneficios de todo tipo que tienen los asalariados, es algo que el PSOE no se atreverá ni siquiera a considerar y que el PP no sabría implementar en caso de llegar al gobierno. Los economistas a este lado del océano solían ponernos a España como modelo del éxito. No sobraría, pues, que miraran las cosas un poco más a fondo antes de declararlas invencibles.

Le queda a España este año una poderosa esperanza simbólica: su selección de fútbol. La pasión futbolística del país es, ella sí, invencible, a despecho de que la tantas veces brillante selección española ha errado siempre el penalti en el momento crucial. El problema, obviamente, es que nada diferente del título mundial sirve de veras, razón geopolítica de más para ver con sumo interés la próxima Copa del Mundo.

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